Limosnas literarias
martes, 31 de marzo de 2020
jueves, 8 de marzo de 2018
Información sobre Baudelaire y su tiempo
CHARLES
BAUDELAIRE (1821-1867) . Información general sobre el poeta y su época
Charles Baudelaire es un poeta francés nacido en 1821, lo que lo ubica en un
siglo convulsionado políticamente (tras la Revolución Francesa, de 1789) y de
gran heterogeneidad en lo literario. Distintos movimientos literarios se
suceden a partir de ahí, como el romanticismo, parnasianismo y simbolismo, que
veremos a continuación. Es una época de consolidación del poder de la
burguesía, en su mayoría representada por una clase conservadora, no liberal.
Las ciencias tienen grandes avances, y la vida toda sufre un proceso de
politización, lo que incluye a la literatura. Por otra parte, comienza a verse
a la obra literaria como mercancía, por ejemplo, en la publicación de “novelas
por entregas”: aparecía un capítulo por vez, en periódicos o revistas,como
forma de “atrapar” al lector y llevarlo a seguir comprando dicha publicación
para continuar la lectura de la obra.
De acuerdo a su ubicación temporal, podríamos clasificar a Baudelaire como
poeta post-romántico: se ha dicho de él que es el último de los poetas
románticos y el primero de los modernos.
ROMANTICISMO:
La palabra “romanticismo” puede entenderse en más de un sentido. Por un lado,
se refiere a un estado de sensibilidad y jerarquización de los sentimientos.
Por otro, alude a un fenómeno artístico concreto: es en este sentido que la
utilizaremos aquí. Su nombre viene del francés medieval, donde “roman” es un
relato de aventuras, o tal vez también del adjetivo inglés “romantic”, que
calificaba a cierto tipo de cuadros campestres, con paisajes crepusculares o
nocturnos, de carácter marcadamente melancólico. El primer autor que utiliza
esta palabra con el sentido que le damos actualmente fue Juan Jacobo Rousseau, en
“Ensoñaciones de un paseante solitario”.
El Romanticismo es un vasto movimiento de la cultura europea que se inicia en
los países nórdicos y progresa hacia el sur y el Mediterráneo, abarcando casi
un siglo y medio, desde la segunda mitad del siglo XVIII hasta el siglo XIX, y
su influencia perdura, en algunos aspectos, hasta nuestros días.. Se trata de
un movimiento de carácter subjetivo señalado por la presencia del
individualismo exaltado que gesta el predominio de lo lírico, movimiento que
rechaza las prescripciones académicas o las normas tradicionales en el nombre
de la más absoluta libertad en el arte. Se habla de un “estremecimiento
metafísico” para referirse a la inquietud y angustia por los grandes
misterios del ser que atormentan al individuo. Hay también un desequilibrio
entre la vida y el sueño, ya que el romántico desprecia la realidad del mundo
para refugiarse en mundos soñados. Al desechar la razón el romántico descubre
lo irracional, lo que no está sujeto al dominio conciente, por eso se abandona
al momento, a lo casual, a los estados de ensueño y éxtasis, esperando siempre
que del caos surja milagrosamente la luz. De ahí el gusto por lo tenebroso, lo
nocturno, lo grotesco, o fantasmal y hasta lo patológico y perverso. Si el
hombre clásico pudo decir “la belleza es la verdad” el romántico dirá “la
verdad es la belleza”.
El Romanticismo francés se define alrededor de 1800, cuando ya Alemania, por
ejemplo, había dado mucho de su mejor producción romántica, con Goethe y
Schiller, creadores del Sturm Und Drang (“tormenta y pasión”), considerado un
movimiento pre-romántico. Estos autores reaccionaron contra la imitación de lo
clásico, contra un arte poco natural, cargado de reglas, y contra la búsqueda
de lo racional, lo equilibrado, lo moderado. En Francia, ya Diderot y Rousseau
habían postulado su exaltación de la sensibilidad, el retorno a la naturaleza,
la importancia de la subjetividad en el arte, el gusto por la tradición y el
folklore nacional.
Se ha dicho que todo el Romanticismo es una revolución artística, paralela a la
revolución política de 1789. De alguna forma, la sensibilidad romántica se
conecta con el llamado “mal del siglo”: la melancolía, el pesimismo. El
Romanticismo presenta una serie de características íntimamente relacionadas
unas con otras y que se condicionan entre ellas.
INDIVIDUALISMO:
El hombre romántico
tiene una conciencia aguda y dolorosa de la propia personalidad, de ser
distinto a los demás, y afirma constantemente ese “yo” frente a lo que le
rodea. En algunos casos llega a sentirse superior a todo lo otro: exalta su
propia sensibilidad, sus emociones, su genio, pero también su desgracia o su
infelicidad. Esto lo lleva al aislamiento y la soledad típicas de los
románticos.
Desengaño: el choque entre el yo romántico y la realidad que no da satisfacción
a sus anhelos e ideales produce en el artista romántico un hondo desengaño, un
tedio y un hastío vitales que lo llevan a un violento enfrentamiento con el
mundo y a rebelarse contra todas las normas morales, sociales, políticas y
religiosas.
Egocentrismo: todo va a girar alrededor del yo, por lo tanto frecuentemente
habla el romántico en primera persona, a menudo protestando por la
incomprensión de su sociedad, por el desconocimiento de su genio individual,
etc..
Populismo: se revalorizan los elementos populares, como la música, el canto,
las narraciones del pueblo. Se busca conocer lo que tiene de particular y
específico el espíritu de cada nación. De ahí su obsesión por buscar las raíces
de cada pueblo en su literatura y su cultura.
Hay una exaltación de la libertad; sólo en libertad se alcanza la plenitud. Un
poeta español del siglo XIX, Larra, afirma: “libertad en la literatura, como en
las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia.He
aquí la divisa de la época”. En el arte, la libertad está vinculada con lo
formal, la negación a dejarse limitar por reglas prefijadas. En la vida
cotidiana, tiene que ver con un estilo libre y desprejuiciado de vivir,
conocido en general como “bohemio”. En lo nacional, a veces se relacionó con
actitudes patrióticas, como en España o Italia.
SUBJETIVISMO:
Frente a la razón se levanta la bandera del sentimiento, de ahí la importancia
de emociones, sueños y fantasías. El hombre romántico profundiza minuciosamente
en sí mismo o en sus personajes. Su actitud de búsqueda interior lo lleva a
descuidar el mundo que lo rodea y refugiarse en lugares solitarios.
El gusto por la soledad se convierte en uno de los temas románticos por
excelencia. Esto justifica la preferencia por lugares solitarios, como
castillos, cementerios, espacios apartados y recónditos. La soledad del hombre
romántico nace también de su individualismo, de la afirmación de su yo; en este
sentido la soledad produce también dolor y lo lleva a ansiar la integración, la
comprensión de los otros, el amor.
Irracionalismo: se niega que la razón pueda explicar por completo la realidad.
Se abandona la idea de que existan verdades fijas e inmutables que puedan ser
descubiertas. Este rechazo por la razón y lo racional explica la preferencia de
los románticos por lo sobrenatural, lo mágico y lo misterioso. Tal vez ligado a
esto se produce un retorno a la religiosidad.
LA
NATURALEZA: Frente a la
Naturaleza artificiosa del Neoclasicismo, el artista romántico representa la
naturaleza y se proyecta en ella en movimiento, con preferencia por la
ambientación nocturna. Opone al orden, a la mesura y la armonía neoclásicos, el
desorden y la falta de proporción. La Naturaleza se identifica con los estados
de ánimo del creador, es como una proyección de sus sentimientos y a la vez
está por encima de todo, lo que deja traslucir cierta concepción panteísta del
universo.
EVASIÓN: Para escapar de ese
mundo en el que no encuentra cabida su idealismo extremo, el romántico opta por
escapar de la realidad inmediata que no le gusta. Esa evasión puede conducirlo
a épocas pretéritas, como la Edad Media, o a lugares lejanos y exóticos, como
Oriente o América. La fantasía funciona siempre como forma de evasión de la
realidad para el hombre romántico.
EL MAL DEL SIGLO: El romántico es por
naturaleza alguien inseguro e insatisfecho, lo que da lugar a una desazón
vital. Se habló del “mal del siglo” para referirse a ese estado de ánimo propio
de los románticos, compuesto por melancolía, tedio de vivir, insatisfacción,
desconsuelo. A veces esto constituía una postura, con más de fingido que de
auténtico, como una especie de moda.
Tales son, en un breve acercamiento, las principales características del
Romanticismo. Veamos ahora la relación de Baudelaire con el mismo.
BAUDELAIRE
Y EL ROMANTICISMO:
Si bien Baudelaire toma del Romanticismo muchos de sus temas más importantes,
difiere de él porque en su obra estos temas adquieren una condensación y una
intensidad que los transforma, en ocasiones, radicalmente.
Los sentimientos más clásicos de los románticos fueron la soledad y la
melancolía. En Baudelaire se transformarán en tedio, hastío, spleen, un
sentimiento más radical, que incluye el asco de sí mismo y que implica una
inmóvil e impotente desesperación. “Lo que siento es un descorazonamiento, una
sensación de aislamiento insoportable, un miedo perpetuo a una desgracia vaga,
una desconfianza completa de mis fuerzas, una ausencia total de deseo, una
imposibilidad de descubrir distracción alguna, me pregunto sin cesar para qué
esto, para qué aquello, ese es el verdadero espíritu del spleen, no me acuerdo
de haber caído nunca tan bajo ni de haberme arrastrado tanto tiempo en el hastío”
(Baudelaire, 1856).
Si de acuerdo al gusto romántico predominaba una naturaleza espontánea y
salvaje, en Baudelaire aparece distorsionada, contaminada, deformada y
artificial. Es la naturaleza ciudadana, el producto de la técnica y la
civilización; en otros casos surgirá la descomposición, la enfermedad y la
muerte, como en “Una carroña”.
En cuanto a la concepción del poeta, para Baudelaire no es ya un vidente seguro
de sí, de misión divina, sino un testigo del dolor y la dignidad humana en medio
de los llantos. Baudelaire se asoma a la literatura del siglo XIX cuando se
produce el triunfo de la doctrina romántica pero también asiste a la
desintegración del movimiento en función del Simbolismo, Parnasianismo y
Naturalismo. “Las flores del mal” se publican en el período en el que surgen
las obras poéticas más maduras del movimiento y aparece en él un romántico
moribundo, la conciencia crítica más profunda del romanticismo. La melancolía
se convierte en angustia, la irritación de la emocionalidad se vuelve un
“estremecimiento nuevo”, como dijera Víctor Hugo. Su poesía se hace filosófica
y plantea al hombre debatiéndose en la disyuntiva entre el bien y el mal. Dirá
el poeta: “hay en todo hombre, a toda hora, dos postulaciones simultáneas, una
hacia Dios, la otra hacia Satán. La invocación a Dios, o espiritualidad, es un
deseo de subir de grado; la de Satán o animalidad es una alegría de descender”.
Se considera a Baudelaire un romántico cuando renueva y usa la imagen poética y
la metáfora, cuando cultiva lo exuberante y lo enfático, pero es anti-romántico
cuando se resiste frente a todo lo emocional y sentimental, frente a todo lo
bonito y fácilmente agradable.
PARNASIANISMO: Entre
1860 y 1870 hay una reacción al Romanticismo de corte sentimental, confesional,
que tiene a Teófilo Gautier como su principal representante : el Parnasianismo,
nombre que deriva del mítico monte Parnaso de los griegos, donde habitaban las
Musas, deidades protectoras de las artes. Cultores de la doctrina de “el arte
por el arte mismo”, los poetas parnasianos expresarán sus ideas en revistas de
corta existencia. La doctrina del arte por el arte era expresada por Gautier
cuando afirmaba que “el arte es inútil en el sentido de que no presta ninguna
utilidad. El poeta, artista por excelencia, es libre, dueño de su fantasía, y
su obra no cumple ninguna función social. El arte no es un medio, sino un fin
en sí mismo.”
Se trata de un movimiento poético típicamente francés, que procura la
objetividad, la impersonalidad. No es intimista, reacciona contra el
romanticismo confesional y postula la abolición del yo en la poesía. Se trata
de una poesía minuciosa, laboriosamente trabajada, donde lo formal cobra gran
importancia. Se busca la belleza como un fin en sí misma, sin compromisos
sentimentales, intelectuales, políticos o religiosos. Quieren tratar al verso
con prudencia y paciencia, como el escultor al mármol. Si el vínculo del
Simbolismo con la Música es evidente, en el caso del Parnasianismo el vínculo
se establece con las artes plásticas en general y con la escultura en
particular.
.
Esta corriente está presente en “Las flores del mal” en su sentido del
misterio, el poder de encantamiento de sus versos, su absorbente culto a la
belleza, la cercanía con la plástica y la pintura y la tendencia a no expresar
sentimientos en primera persona.
SIMBOLISMO:
El simbolismo fue un movimiento literario que se desarrolló fundamentalmente en
París, en las dos últimas décadas del siglo XIX, y congregó a importantes
artistas de distintos países europeos. Para algunoss autores es sólo un post
romanticismo pero son bastante diferentes. El simbolismo incorpora elementos
modernistas y decadentistas para construir su estética, y plantea una postura
contraria a los nacionalismos literarios. Habrá de mostrar a los poetas de fin
de siglo y de principios del siglo XX un universo sobrenatural, de misterio,
desconocido para los profanos, que sólo lo pueden vislumbrar a través de los
poetas “videntes”. El principal representante de esta corriente, el poeta
Stephen Mallarmé, dirá en 1862: “toda cosa sagrada que quiere mantenerse se
envuelve en el misterio”. El simbolista no busca expresar la realidad, sino
trascenderla. El mundo real es símbolo de otra cosa que está más allá de lo
sensible. Se aplica el idealismo filosófico a la literatura: cada cosa es un
símbolo, manifestación de algo oculto. Los objetos están vinculados, a pesar de
sus múltiples apariencias, por ecos, analogías, correspondencias. El poeta es
quien debe relacionar esos dos mundos: el sensible y el trascendente. Como
antecedente del Simbolismo, en el poema “Correspondencias” de Baudelaire se
plantea la unidad de la creación, la correspondencia entre el mundo espiritual
y el material por medio de símbolos que conforman una analogía universal.
Los simbolistas
tienen una gran preocupación por el lenguaje, y su influencia será decisiva en
el siglo XX, aun entre aquellos que reaccionaron contra ellos. Formalmente, la
suya es una poesía que explorará la sonoridad del verso, pues “la poesía es
música ante todo”. Por ello la palabra habrá de tener un valor mágico, pues a
través de ella se aprehende la realidad y se la devela. El Simbolismo significó
una revolución en la versificación, que habría de culminar en el verso libre.
Baudelaire se encuentra entre los precursores del Simbolismo, aquellos que de
alguna manera posibilitaron su surgimiento, aunque sin integrarlo. Son
similares su uso del símbolo poético, la sugestión musical de sus versos y su
sentido del misterio, que plantea al poema como un enigma cuya llave debe
encontrar el lector.
Otras características simbolistas son la búsqueda de la melodía, la renovación
del vocabulario, la liberación de las palabras de la lógica prosaica. El poeta
debe hablar del efecto y no de la cosa en sí: “el verso no debe componerse de
palabras, sino de intenciones, y todas las palabras se borrarán ante la
sensación”. “Nombrar un objeto es suprimir las tres cuartas partes del placer
del poema, que consiste en la felicidad de volverse tal poco a poco; sugerir,
he ahí el sueño”. Se busca proceder por analogías, lo que está ligado a la
búsqueda de correspondencias ya mencionada. El poeta recibe infinidad de
palabras y de imágenes que le dictan espontáneamente su imaginación o el mundo
exterior. Hay que combinarlas entre sí y hacerles surgir sus analogías.
Algunos simbolistas fueron vistos como los “poetas malditos”, por su humor frío
y cruel, su uso del terror como recurso literario y su gusto por lo fantástico,
lo esotérico, lo metafísico. La poesía sería como un puente al conocimiento
metafísico.
Los principales poetas simbolistas fueron Mallarmé, Paul Verlaine y Arthur
Rimbaud.
“LAS FLORES DEL MAL”: Baudelaire
no pertenece en particular a una sola de las corrientes antes desarrolladas: él
se anticipa a su tiempo, a la vez pertenece a él y lo supera, y resulta por
esencia indefinible, imposible de encasillar en una corriente o movimiento
determinado. Su poesía es la base para la poesía de todo el siglo XX, y por
ello estudiaremos algunos aspectos de su obra más importante.
Publicada en 1857, esta obra tuvo como antecedente la publicación en 1851 de
once poemas del autor en un periódico, bajo el título “Los limbos”, que sería
el primitivo nombre de “Las flores del mal”. Con este último título se
publicaría en 1855 un conjunto de dieciocho poemas, en una revista.
La obra está dedicada a Gautier, y de inmediato suscitó el escándalo por su
temática, a tal punto que la justicia inculpó a Baudelaire de atentado a la
moral pública y la edición fue requisada. En 1861 aparece la segunda
edición , con 35 poemas nuevos y la estructura definitiva que a partir de
ahí conservará. Baudelaire al principio concibió a la obra dividida en tres
partes que sumaran cien poemas, en evidente relación con la “Divina comedia”,
pero luego modificó esto, si bien insiste en que se trata de un todo orgánico,
no la simple suma de sus partes. No son los suyos poemas para la mayoría de los
lectores, ni alcanzaron gran difusión hasta el siglo XX. Su temática es en
general ciudadana, es una poesía de corte filosófico, muchas veces hermética en
sus contenidos.
Este libro está estructurado de modo tal que cada composición vale por sí
misma, pero además por su relación con el conjunto. Según Banville: “Desde el
punto de vista del arte y de la sensación estética, perderían mucho al no ser
leídos en el orden que el poeta, que sabe lo que hace, los ha colocado”.
La obra está dividida en seis secciones:
1) SPLEEN E IDEAL: es la
más extensa y expresa la condición humana de Baudelaire. El poeta, a través del
amor y del tedio, llega a la conciencia en el mal.
2) CUADROS
PARISINOS: el poeta contempla la ciudad y sus habitantes, deja de ser el
hurgador de sí mismo para adoptar la condición de testigo de las calles de
París, descubre en el exterior el reflejo del problema esencial de la condición
humana: el mal.
3) EL VINO: es un intento
de huída a los paraísos artificiales que no puede conducir sino al fracaso.
4) LAS FLORES DEL MAL son
doce poemas, que se constituyen en los apóstoles del mal.
5) REBELIÓN: después de
haber optado por el mal, el poeta ha optado por el jefe del mal: el Diablo.
6) LA MUERTE: Muerte de
los protagonistas y comienzo del gran viaje más allá de la vida, hacia lo nuevo.
Cuatro poemas de Baudelaire
Al
lector .
La necedad, el error, el pecado, la tacañería,
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.
Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.
Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.
¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.
Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.
Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos,la Muerte
a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas.
Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.
Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
En la jaula infame de nuestros vicios,
¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:
¡Es el Tedio! -los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
-Hipócrita lector, -mi semejante, -¡mi hermano!
Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,
Y alimentamos nuestros amables remordimientos,
Como los mendigos nutren su miseria.
Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;
Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones,
Y entramos alegremente en el camino cenagoso,
Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas.
Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto
Que mece largamente nuestro espíritu encantado,
Y el rico metal de nuestra voluntad
Está todo vaporizado por este sabio químico.
¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!
A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;
Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,
Sin horror, a través de las tinieblas que hieden.
Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
Robamos, al pasar, un placer clandestino
Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.
Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,
En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,
Y, cuando respiramos,
Desciende, río invisible, con sordas quejas.
Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,
Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El canevás banal de nuestros tristes destinos,
Es porque nuestra alma, ¡ah! no es bastante osada.
Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,
Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,
Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes
En la jaula infame de nuestros vicios,
¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!
Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,
Haría complacido de la tierra un despojo
Y en un bostezo tragaríase el mundo:
¡Es el Tedio! -los ojos preñados de involuntario llanto,
Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,
Tú conoces, lector, este monstruo delicado,
-Hipócrita lector, -mi semejante, -¡mi hermano!
El perro y el frasco” De: “Pequeños poemas en prosa” (o Le Spleen de Paris) – 1862
─Lindo perro mío, buen perro, chucho querido, acércate y ven a respirar un excelente perfume, comprado en la mejor perfumería de la ciudad.
Y el perro, meneando la cola, signo, según creo, que en esos mezquinos seres corresponde a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone curioso la húmeda nariz en el frasco destapado; luego, echándose atrás con súbito temor, me ladra, como si me reconviniera.
─¡Ah miserable can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos tal vez. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida.
─Lindo perro mío, buen perro, chucho querido, acércate y ven a respirar un excelente perfume, comprado en la mejor perfumería de la ciudad.
Y el perro, meneando la cola, signo, según creo, que en esos mezquinos seres corresponde a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone curioso la húmeda nariz en el frasco destapado; luego, echándose atrás con súbito temor, me ladra, como si me reconviniera.
─¡Ah miserable can! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos los hubieras husmeado con delicia, devorándolos tal vez. Así tú, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca se ha de ofrecer perfumes delicados que le exasperen, sino basura cuidadosamente elegida.
ELEVACIÓN
Por encima de
los lagos, por encima de los valles,
de las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,
más allá del sol, más allá de los éteres,
espíritu mío, tú te mueves con agilidad
y, como un buen nadador que se extasía entre las olas
surcas alegremente la inmensidad profunda
con una indescriptible y masculina voluptuosidad.
Vuela lejos de esas miasmas mórbidas;
te purificarás en el aire superior
y bébete, igual que un puro y divino licor,
el fuego claro que llena los espacios límpidos.
Detrás de los problemas y las grandes penas
que cargan con su peso la existencia brumosa
feliz es el que puede de un ala vigorosa
elevarse hacia los campos luminosos y serenos;
Aquel cuyos pensamientos, cual alondras
hacia los cielos matutinos, tienden al vuelo libre,
_ ¡Quién planea sobre la vida, y comprende sin esfuerzo
el lenguaje de las flores y de las cosas mudas!
de las montañas, de los bosques, de las nubes, de los mares,
más allá del sol, más allá de los éteres,
espíritu mío, tú te mueves con agilidad
y, como un buen nadador que se extasía entre las olas
surcas alegremente la inmensidad profunda
con una indescriptible y masculina voluptuosidad.
Vuela lejos de esas miasmas mórbidas;
te purificarás en el aire superior
y bébete, igual que un puro y divino licor,
el fuego claro que llena los espacios límpidos.
Detrás de los problemas y las grandes penas
que cargan con su peso la existencia brumosa
feliz es el que puede de un ala vigorosa
elevarse hacia los campos luminosos y serenos;
Aquel cuyos pensamientos, cual alondras
hacia los cielos matutinos, tienden al vuelo libre,
_ ¡Quién planea sobre la vida, y comprende sin esfuerzo
el lenguaje de las flores y de las cosas mudas!
Una mujer que pasa
La calle atronadora aullaba alrededor de mí.
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor majestuoso
una mujer pasó, recogiendo con mano fastuosa
las oscilantes vueltas de sus velos,
Alta, esbelta, enlutada, con un dolor majestuoso
una mujer pasó, recogiendo con mano fastuosa
las oscilantes vueltas de sus velos,
ligera y distinguida, con piernas de estatua.
De pronto bebí, crispado como un loco,
de su mirada, cielo lívido donde germina el huracán,
el dulzor que fascina y el placer que mata.
¡Un relámpago…, después la noche! Fugitiva belleza
cuya mirada me hizo renacer de golpe.
¿No he de verte ya más que en la eternidad?
¡En todo caso lejos, ya tarde, quizá nunca!
pues no sé dónde fuiste ni sabes dónde voy.
¡Oh tú, a la que yo hubiera amado; oh tú, que lo sabías!
Información sobre el Teatro griego
INformación sobre El teatro griego
Evolución: La tragedia griega tuvo su
apogeo en Atenas en el siglo V a C, y su forma definitiva ,tal cual la conocemos ,es
el resultado de un largo proceso
evolutivo que nacido de una forma preliteraria fue madurando lentamente hacia
formas estructuradas para su representación.
El culto a
Dionisos, dios de la vegetación y de la vid, era celebrado con cantos y danzas
frenéticas por un coro desordenado. Estos cantos no incluían momentos
narrativos ,no se contaba con actores y eran una ceremonia ritual de carácter
religiosa que se llamaba ditirambo del
cual no se conserva ninguno , pero que
tendrá alguna relación con lo que fue el posterior teatro ateniense. Estos ditirambos parecen
haber sido introducidos por Tespis que los llevó a Atenas alrededor del 580 a C y habría sido el
propio Tespis quien modificó e innovó
partes de ese viejo ritual ,como separar
a un solista del coro, dando lugar así a lo que fue luego el primer actor ; además
, y son siempre suposiciones, a aquellos cantos religiosos se le fueron
insertando momentos narrativos lo que va
dando lugar a una trasformación que se
convertirá en obra teatral una vez que aparezcan los autores de textos, un
edificio especialmente concebido para la
representación ,así como una
organización que rija esta manifestación cultural .
La evolución
de la tragedia es muy discutida ya que hay cantidad de aspectos y de zonas
oscuras sobre el resultado final en relación con su lejano origen religioso. ¿
Cómo se llego a una forma tan sofisticada de arte? ¿Quién le dio una forma tan
cuidadosa al conjunto y a cada una de las partes? ¿Quién formó actores
profesionales ,ideó los concursos y puso en movimiento todo el despliegue
material y humano que giraba en torno a tal espectáculo ? Como vemos son muchas
las interrogantes que quedan sin contestar .Pese a ello intentaremos esclarecer algunos puntos
La tragedia
es una creación ateniense, surgió como uno de los subgéneros dramáticos en
Atenas cuando esta polis tuvo un desarrollo cultural y un
contexto socio-político que permitió transformar una manifestación popular
religiosa en una forma artística de profundo contenido humano. Los asuntos
religiosos fueron desplazados por los temas humanos y de las obras que se
conservan casi no hay referencia al dios Dionisos , lo que hace suponer que lo
que comparten teatro y dios es el lugar
del culto y la época del año en que la celebración a este dios incluía
como parte del festejo los
concursos teatrales.
Atenas en el siglo v a C: Es necesario
aclarar que el mundo griego no tenía una
unificación política centralizada; estaba formado por un conjunto de
polis o pequeños estados independientes entre sí, algunos muy lejanos, y que
según determinadas circunstancias alguna polis ocupaba el lugar de privilegio
de ese “ mundo griego”que pese a su diversidad y extensión tenía cierta unidad
cultural.
El
siglo V a C es para
Atenas un momento de esplendor, durante buena parte del siglo se alcanza
la gloria militar ,el apogeo del teatro y del pensamiento, y un desarrollo
cultural que no había logrado ninguna polis hasta el momento. Si bien son varios los factores que
permitieron este desarrollo no debe olvidarse la importancia del sistema
político imperante en Atenas: la
democracia.
En este siglo la hegemonía de
Atenas fue tal que no sólo fue el centro de interés económico sino también el
de interés cultural que atrajo desde otras
polis a los mas importantes y
destacadas personalidades del momento en todo tipo de actividades.
El racionalismo progresivo tuvo su cumbre
en la idea de Protágoras ( “El hombre es
la medida de todas las cosas “) lo que marca un notorio desplazamiento del
interés religioso , aunque no se lo abandona , por un interés cada vez más
centrado en los problemas humanos. Es así que en todas las disciplinas se
abandona la postura que daba explicaciones a los hechos por los caprichos de
los dioses para tratar de comprender los fenómenos en relación con las causas
que los provocan. En Física , Anaxágoras de Clazomene explica una serie de
hechos causales hasta entonces jamás explicados; en Medicina, Hipócrates da cuenta de una serie
de enfermedades contagiosas que producían las grandes epidemias y va
desterrando las viejas ideas de las pestes enviadas por los dioses a los
hombres por las faltas cometidas. En Historia ,Tucídides interpreta los hechos con sus respectivas
causas como modo de comprenderlos en su complejidad. A todo esto debemos
agregarla que evoluciona el pensamiento lógico paralelo a una evolución en el
manejo de la lengua . Comprender esta evolución es indispensable si tenemos en
cuenta que en este período democrático la exposición de ideas , los argumentos
para defenderse o para acusar en las asambleas
públicas eran imprescindibles .En el mundo político no quedaba excluido ningún
ciudadano ya que los asuntos públicos eran tarea de todos y por lo tanto la
Oratoria conoce su mejor momento y en
ella se destacaron ciudadanos que terminaron siendo influyentes gracias a sus
capacidades expresivas en forma oral. No es extraño que en medio de este
contexto haya tenido lugar un vuelco especial el pensamiento filosófico en el
que se destacara Sócrates y su prédica que fuera a contar con un número
importante de seguidores entre los que se destaca Platón.
Dentro de este panorama removedor y
convulsionado de Atenas el teatro
alcanza su mejor momento y es lógico pensar que sólo en medio de tal contexto
es que pudo aflorar un subgénero tan
profundo y complejo y rico en significaciones como la tragedia .
Personajes,
temas y tonos de la Tragedia (diferencias con la Comedia) : La tragedia es sólo un subgénero dramático, otro
tipo de representaciones compartían con ella la escena ateniense. El drama
satírico y la Comedia eran también de gran aceptación y popularidad entre los
ciudadanos de Atenas pero por razones bien diferentes a lo que planteaban la
obras trágicas .
El drama satírico era una representación de un
tema o asunto mitológico o legendario
que contaba con un coro de sátiros, al parecer muy del gusto popular, y que le
daba a la obra un carácter grotesco.
Estas obras tenían una estructura elemental y como la
comedia tenían un final feliz.
La Comedia era otro
subgénero dramático de inmensa popularidad. Es aquí donde debemos establecer las
enormes diferencias que la separan de la Tragedia ya que a partir de ellas es
que podemos comprender las relaciones que se generan entre una obra y el
público en cuanto a su grado de aceptación..
El autor de comedias no partía de ningún mito o leyenda conocida
,sino que “inventaba” el argumento, los temas eran de actualidad ,sacados de la
realidad más inmediata , lo que le daba a las obras mucha frescura . Los
personajes eran de rango inferior en la
escala social ,el coro lo conformaban
personajes jocosos o a veces grotescos como mujeres revoltosas o animales
personificados ,y todo esto con un
lenguaje desenfadado donde reinaba la procacidad ,la gestualidad , lo vulgar ,los golpes, etc. Los enredos , los equívocos y
las situaciones creadas complicaban la trama pero siempre se llegaba a un
desenlace feliz que restituía el orden perdido por alguna razón. Este conjunto
de efectos y el planteo temático puede
ser visto como una burla a los temas que planteaba la tragedia o a las profundas reflexiones que hacían los
filósofos sobre la condición humana. Cabe entonces preguntarse si la intención
de la Comedia era solo un divertimento o si no encerraba en su mensaje un modo
de evasión o de negación para abordar los temas más profundos, es decir, un
modo de no comprometerse con ellos.
La Tragedia fue la forma dramática más destacada
del teatro ateniense y esto se debe a varios factores que merecen ser explicados. Para que el concepto de lo trágico exista es necesario que un
personaje de cierto linaje ,un noble, sufra una caída desde un lugar de
privilegio .Los personajes trágicos son
héroes o heroinas que por su destacado rol social ,con todo lo que ello
implica ,poder, honor, virtud ,etc ,al caer en las redes de alguna
fatalidad o del Destino generan en el
espectador una impactante sensación ya
que pese a la condición del héroe nada
se puede hacer para evitar su caída trágica. Aún cuando en la tragedia hay otro tipo de personajes, de inferior
rango social, ocupando papeles secundarios, no llegan a ser protagonistas ya
que el impacto de la caída trágica les está reservado a los personajes
centrales.
En estrecha relación con el tipo de
protagonista es está el tono elevado de las obras trágicas , tanto por su
lenguaje cuidado, serio, sublime, así como
por los temas tratados que
implican una profunda reflexión sobre el destino humano, o tal vez sobre
la naturaleza humana en toda su complejidad.
El Destino
o la Moira ,en términos griegos ,es el gran
tema trágico ya que muchas veces veremos luchar a los personajes
intentando evitar lo que el destino
les deparó y resulta más penoso y
patético ver como pese a esos esfuerzos las leyes establecidas por el Destino se
terminan cumpliendo.
De lo antes señalado se desprende que los
diferentes tipos de representaciones generaban distintos efectos en el público
receptor . Los efectos patéticos y las emociones que generaba el clima trágico
se veían atenuados por los efectos de
distensión de la Comedia y el Drama satírico .
Fuentes
de la tragedia: Los autores trágicos no creaban los
argumentos básicos de sus obras .Los
personajes y el argumento eran tomados de diversas fuentes. La enorme cantidad de leyendas y
mitos que los griegos tenían como parte de su cultura eran el punto de
partida en el que se basaba el poeta
trágico para desarrollar la obra dramática.
Otra fuente
recurrente fue la literatura precedente a la del siglo V a C, particularmente los poemas homéricos (
La Ilíada y La Odisea) ya que en estas
narraciones hay sobrados elementos y personajes
con características trágicas. Las epopeyas de Homero marcaron el esplendor de una etapa literaria
anterior a la tragedia y la enorme
popularidad de esas obras dio lugar a que ningún ciudadano ateniense
desconociera las historias y los protagonistas del mundo homérico . Como vemos
,más allá de la fuente que se tome como
punto de partida para crear una obra teatral ,el espectador ateniense
asistía al teatro para ver una
representación sobre un asunto que él conocía pero no sabía que era lo que el
poeta trágico había hecho con ese asunto. Dicho de otro modo el espectador ni
iba a ver qué pasó sino cómo pasó.
Por lo antedicho debemos comprender que el
autor estaba de algún modo limitado en su tarea , o quizás sea mejor decir que
estaba condicionado , y este punto es
clave para valorar aún más a los
dramaturgos atenienses , ya que no era
el efecto sorpresa del final el que importaba sino los efectos dramáticos
que impactaran pese a lo poco
sorpresivo del desenlace.
Cabe señalar que ha sobrevivido una tragedia
con asunto contemporáneo ( Los Persas
,de Esquilo), y es quizás un ejemplo de
lo invalorable que resulta la pérdida de material de las culturas antigüas
ya que todas estas conclusiones y
reflexiones son deducciones sacadas de las treinta y tres obras trágicas que
sobrevivieron
Además de los aspectos señalados los autores
se enfrentaban a una limitación formal más que importante: la estructura .Todas
las obras que nos han llegado tienen una estructura básica que no sabemos si corresponde a una tradición o
era una imposición dada por el concurso.
Estructura
de la tragedia: Las tragedias griegas están conformadas por un conjunto de partes claramente
diferenciadas y cada una de ellas
corresponde a momentos y climas diferentes dentro de la obra .
La alternancia de partes dialogadas y partes
cantadas es una de las características singulares de esta forma teatral ; en
ambas partes se mantiene la estructura versificada lo que le da a la obra
cierto atractivo que va más allá de la palabra ya que lo rítmico-musical
acompaña y complementa lo dicho.
El Prólogo: Toda tragedia
comienza por un Prólogo (pro= primer, logos = discurso ). Este prólogo varía
según las obras y autores, puede ser un monólogo o un diálogo entre dos o mas personajes y más allá de su forma cumple funciones básicas en la
relación obra-público .
Una de las funciones del prólogo es ubicar al
espectador temporal y espacialmente. Ni bien se inicia la obra ,el ,o los
personajes ,nos dan los elementos para
saber en qué lugar están sucediendo los hechos y en qué momento de la
leyenda estamos y ante qué
circunstancias precisas. Este momento seleccionado por el autor será clave ya
que marcará la temperatura de los acciones futuras.
Los prólogos pueden ser estáticos o dinámicos.
Los estáticos son puramente expositivos,
nos dan información y generan cierta
expectativa sobre los acontecimientos futuros,
pero todavía no hay acción, mientras que en los prólogos dinámicos ya se
pone en marcha la acción dramática desde
este el inicio. Hay prólogos de doble modalidad en los que se conjuga lo
informativo con la acción ,pero en todos
los casos la importancia del Prólogo está dada por la capacidad del autor para
generar de este primer momento un clima especial que impacte
al espectador
El
Párodos : Es el momento
de ingreso del coro. El coro hace su
entrada cantando y danzando. Esta primer intervención coral como todas las que
le sigan serán cantadas. Las intervenciones corales son la expresión emocional
o reflexiva de un colectivo . El coro está conformado por un grupo de doce o de
quince
integrantes que representan a una parte de una comunidad (
mujeres, ancianos ,etc) que de alguna manera están relacionados con los hechos
que están ocurriendo. Mientras el coro ingresa y se instala en la orkestra .en
la que permanecerá hasta su retirada al
final de la obra, las acciones están
detenidas, pero la obra no decae en su interés ya que el canto coral es un
momento particularmente emotivo no sólo por ser cantado sino porque el
contenido de ese canto es una reflexión
emocional sobre lo que acaba de suceder o sobre lo que el coro anticipa que
puede ocurrir. Por lo dicho, el coro puede estar atrasado o anticipado respecto a la acción.
Los
episodios : Son partes
dialogadas entre los personajes ; el coro puede intervenir en los diálogos a
través del corifeo, lo que sería su
director, En los episodios se producen los momentos más tensos de la obra ya
que aquí tienen lugar los enfrentamientos verbales. El enfrentamiento, denominado agón, es
característico en toda obra y su tensión
radica en que es un duelo verbal que opone al protagonista con otro personaje
en una escena particularmente cargada de emoción
Es durante los. episodios que
avanza la acción dramática
Las
estásimas : Son partes cantadas por el coro que se intercalan entre cada uno de los episodios. Durante las
estásimas la acción queda detenida, y aunque el canto coral sea una reflexión o
cualquier otra manifestación del alma
humana en relación con los acontecimientos que se están desarrollando y
esto frene el desarrollo de la acción, la obra no pierde intensidad en estos
momentos pues lo que no se gana en acción se gana en clima ya que el canto coral genera inquietud ,o expresa dolor, o compasión , o
cualquier otro estado que ponga en relación al sentimiento del coro con los
hechos graves a los que se ve enfrentado el protagonista
El
éxodo : Es el momento de retirada del coro en el último episodio ,
el fin de la obra .Hay variantes en la forma de finalizar la obra , muchas culminan con una reflexión final hecha por el
coro una vez que se retiró el último personaje o a veces es éste que pone fin a la misma con
una última intervención. Aunque la estructura de la tragedia es la que acabamos
de señalar , los autores se han permitido pequeñas variantes sin que éstas
alteren el orden al que hicimos referencia. No podemos determinar con exactitud
si esta estructura es parte de una tradición o es porque el concurso presentaba
este orden como exigencia ,lo cierto es que las treinta y tres tragedias que
nos llegaron respetaron esta estructura invariable.
¿Teatro
civil o teatro religioso ? : Cuando decíamos que del origen
religioso e informal del ditirambo y de los antiguos ritos a Dionisos y de su
paulatina transformación de ese culto hacia una forma teatral ,no debemos
olvidar que el verdadero teatro de la
forma que lo conocemos nació en Atenas ya que fue esta polis la que supo darle
forma artística y hacer de estas obras un espectáculo en el sentido más amplio
del término.
Desde el financiamiento económico
,encomendando a un grupo de ciudadanos solventes (los coregas), que debían
abastecer de lo necesario a los autores y a los actores para la puesta en
escena, así como el
salario y el resto de los gastos,
también la polis ateniense organizó los espectáculos en todo lo
relacionado con la organización e infraestructura y para ello construyó edificios adecuados y
de asombrosa capacidad si se tiene en cuenta que eran representaciones al aire
libre que formaban parte de una verdadera fiesta ciudadana en la que la asistencia al teatro era un
hábito cultural. Esto nos lleva a afirmar que el concurso teatral es una fiesta
civil pero que nunca perdió del todo el vínculo con lo religioso ya que el
culto tradicional a Dionisos y el teatro eran parte de una celebración que
tenía lugar en una misma época y en un mismo lugar. Lo que sería prudente es
considerar que las obras trágicas fueron perdiendo contenido religioso y los
planteos se preocuparon cada vez más del
hombre enfrentado a su destino pero con la voluntad y el poder de decisión para
emprender acciones desde su conciencia.
Los concursos de tragedias enfrentaban a
tres autores que competían entre sí presentando una tetralogía, tres
tragedias y un drama satírico, esto
habla de un espíritu de competencia que
estaba muy arraigado en los griegos y que es parte de su naturaleza ya que
tanto en el deporte , en la oratoria ,en el debate de ideas, etc , la
superación constante parece estar siempre latente como parte de sus valores.
Pero tampoco debemos olvidar que no sólo en la tragedia se competía sino
también en la comedia lo que pone de manifiesto que tanto en los asuntos graves
y profundos como en lo satìrico y burlesco esta comunidad supo encontrar en el
teatro un modo de analizar la naturaleza humana desde diferentes miradas.
Función
del coro en la Tragedia . El problema del coro en el teatro ha dado
lugar a diferentes consideraciones .Hay quienes sostienen que el coro es un
personaje más dentro de la obra. Esto es relativamente cierto ya que tiene
aspectos comunes con el resto de los
personajes ,pero no debemos olvidar sus particularidades .El coro permanece
fijo en la orkestra ,y desde allí ,aún cuando tiene una cercanía respecto a los
personajes que actúan sobre el proscenio , nada puede hacer para intervenir
directamente, es decir que el coro no puede emprender acciones, ya que sus
intervenciones cumplen otra función que es la de manifestar los sentimientos de
un colectivo que está conmovido por los hechos pero no es protagonista de los
mismos. A su vez el coro es una presencia permanente ya que desde su ingreso
hasta el final es el único personaje que está en esa situación.
Los cantos corales , como la
poesía en general son la expresión del sentimiento ,y en este caso en
particular se expresa el sentimiento de
un colectivo que acompaña con el lenguaje poético , la danza y el canto a las
acciones a las que asiste como espectador cercano .De esta forma se puede
afirmar que el coro es el comentarista lírico-reflexivo de la obra y esta
función contribuye a darle a la misma un clima emotivo que es el producto de un
grupo humano que se conmueve frente a los hechos a los que asiste como si fuera
un espectador privilegiado.
El coro fue perdiendo
importancia con la evolución del drama ya que de ocupar un lugar de privilegio
en las primeras obras de Esquilo pasó a tener uno de segundo orden , y hasta se
podría decir accesorio , en algunas obras
de Eurípides.
miércoles, 28 de febrero de 2018
Texto de Edipo Rey. Versión con los cantos corales suprimidos
Edipo Rey de Sófocles ( Versión con los cantos corales suprimidos)
EDIPO
SACERDOTE
CREONTE
CORO DE ANCIANOS TEBANOS
TIRESIAS
YOCASTA
MENSAJERO
SERVIDOR DE LAYO
OTRO MENSAJERO
SACERDOTE
CREONTE
CORO DE ANCIANOS TEBANOS
TIRESIAS
YOCASTA
MENSAJERO
SERVIDOR DE LAYO
OTRO MENSAJERO
Prólogo
(Delante del palacio de Edipo, en Tebas. Un grupo de ancianos y
de jóvenes está sentado en las gradas del altar, en actitud suplicante,
portando ramas de olivo. El Sacerdote de Zeus se adelanta solo hacia el
palacio. Edipo sale seguido de dos ayudantes y contempla al grupo en silencio.
Después les dirige la palabra.)
EDIPO.- ¡Oh hijos, descendencia nueva del antiguo Cadmo ¿Por qué
están en actitud silenciosa ante mí, coronados con ramos de suplicantes? La
ciudad está llena de incienso, a la vez que de cantos, de súplicas y de
gemidos, y yo, porque considero justo no enterarme por otros mensajeros, he
venido en persona, yo, el llamado Edipo, famoso entre todos. Así que, oh
anciano, ya que eres por tu condición a quien corresponde hablar, dime en
nombre de todos: ¿cuál es la causa de que estén así ante mí? ¿El temor o el ruego?
Piensa que yo querría ayudarlos en todo. Sería insensible si no me compadeciera
ante semejante actitud.
SACERDOTE.- ¡Oh Edipo, que reinas en mi país! Ves de qué edad
somos los que nos sentamos cerca de tus altares: unos, sin fuerzas aún para
volar lejos; otros, torpes por la vejez, somos Sacerdotes -yo lo soy de Zeus-,
y otros, escogidos entre los aún jóvenes. El resto del pueblo con sus ramos
permanece sentado en las plazas en actitud de súplica, junto a los dos templos
de Palas y junto a la ceniza profética de Ismeno.
La ciudad, como tú mismo puedes ver, está ya demasiado agitada y
no es capaz todavía de levantar la cabeza de las profundidades por la
sangrienta sacudida. Se debilita en las plantas fructíferas de la tierra, en
los rebaños de bueyes que pacen y en los partos infecundos de las mujeres.
Además, la divinidad que produce la peste, precipitándose, aflige la ciudad.
¡Odiosa epidemia, bajo cuyos efectos está despoblada la morada Cadmea, mientras
el negro Hades se enriquece entre suspiros y lamentos! Ni yo ni estos jóvenes
estamos sentados como suplicantes por considerarte igual a los dioses, pero sí
el primero de los hombres en los sucesos de la vida y en las intervenciones de
los dioses. Tú que, al llegar, liberaste la ciudad Cadmea del tributo que
ofrecíamos a la cruel cantora y, además, sin haber visto nada más ni haber sido
informado por nosotros, sino con la ayuda de un dios, se dice y se cree que
enderezaste nuestra vida.
Pero ahora, ¡oh Edipo, el más sabio entre todos!, te imploramos
todos los que estamos aquí como suplicantes que nos consigas alguna ayuda, bien
sea tras oír el mensaje de algún dios, o bien lo conozcas de un mortal. Pues
veo que son efectivos, sobre todo, los hechos llevados a cabo por los consejos
de los que tienen experiencia. ¡Ea, oh el mejor de los mortales!, endereza la
ciudad. ¡Ea!, apresta tu guardia, porque esta tierra ahora te celebra como su
salvador por el favor de antaño. Que de ninguna manera recordemos de tu reinado
que vivimos, primero, en la prosperidad, pero caímos después; antes bien,
levanta con firmeza la ciudad. Con favorable augurio, nos procuraste entonces
la fortuna. Senos también igual en esta ocasión. Pues, si vas a gobernar esta
tierra, como lo haces, es mejor reinar con hombres en ella que vacía, que nada
es una fortaleza ni una nave privadas de hombres que las pueblen.
EDIPO.- ¡Oh hijos dignos de lástima! Vienen a hablarme porque
anhelan algo conocido y no ignorado por mí. Sé bien que todos están sufriendo
y, al sufrir, no hay ninguno de ustedes que padezca tanto como yo. En efecto,
el dolor de ustedes llega sólo a cada uno en sí mismo y a ningún otro, mientras
que mi ánimo se duele, al tiempo, por la ciudad y por mí y por ti. De modo que
no me despiertan de un sueño en el que estuviera sumido, sino que estén seguros
de que muchas lágrimas he derramado yo y muchos caminos he recorrido en el
curso de mis pensamientos. El único remedio que he encontrado, después de
reflexionar a fondo, es el que he tomado: envié a Creonte, hijo de Meneceo, mi
propio cuñado, a la morada Pítica de Febo, a fin de que se enterara de lo que
tengo que hacer o decir para proteger esta ciudad. Y ya hoy mismo, si lo
calculo en comparación con el tiempo pasado, me inquieta qué estará haciendo,
pues, contra lo que es razonable, lleva ausente más tiempo del fijado. Sería yo
malvado si, cuando llegue, no cumplo todo cuanto el dios manifieste.
SACERDOTE.- Con oportunidad has hablado. Precisamente éstos me
están indicando por señas que Creonte se acerca.
EDIPO.- ¡Oh soberano Apolo! ¡Ojalá viniera con suerte
liberadora, del mismo modo que viene con rostro radiante!
SACERDOTE.- Por lo que se puede adivinar, viene complacido. En
otro caso no vendría así, con la cabeza coronada de frondosas ramas de laurel.
EDIPO.- Pronto lo sabremos, pues ya está lo suficientemente
cerca para que nos escuche. ¡Oh príncipe, mi pariente, hijo de Meneceo! ¿Con
qué respuesta del oráculo nos llegas?
(Entra Creonte en escena.)
CREONTE.- Con una buena. Afirmo que incluso las aflicciones, si
llegan felizmente a término, todas pueden resultar bien.
EDIPO.- ¿Cuál es la respuesta? Por lo que acabas de decir, no
estoy ni tranquilo ni tampoco preocupado.
CREONTE.- Si deseas oírlo estando éstos aquí cerca, estoy
dispuesto a hablar y también, si lo deseas, a ir dentro.
EDIPO.- Habla ante todos, ya que por ellos sufro una aflicción
mayor, incluso, que por mi propia vida.
CREONTE.- Diré las palabras que escuché de parte del dios. El
soberano Febo nos ordenó, claramente, arrojar de la región una mancilla que
existe en esta tierra y no mantenerla para que llegue a ser irremediable.
EDIPO.- ¿Con qué expiación? ¿Cuál es la naturaleza de la
desgracia?
CREONTE.- Con el destierro o liberando un antiguo asesinato con
otro, puesto que esta sangre es la que está sacudiendo la ciudad.
EDIPO.- ¿De qué hombre denuncia tal desdicha?
CREONTE.- Teníamos nosotros, señor, en otro tiempo a Layo como
soberano de esta tierra, antes de que tú rigieras rectamente esta ciudad.
EDIPO.- Lo sé por haberlo oído, pero nunca lo vi.
CREONTE.- Él murió y ahora el dios nos prescribe claramente que
tomemos venganza de los culpables con violencia.
EDIPO.- ¿En qué país pueden estar? ¿Dónde podrá encontrarse la
huella de una antigua culpa, difícil de investigar?
CREONTE.- Afirmó que en esta tierra. Lo que es buscado puede ser
cogido, pero se escapa lo que pasamos por alto.
EDIPO.- ¿Se encontró Layo con esta muerte en casa, o en el
campo, o en algún otro país?
CREONTE.- Tras haber marchado, según dijo, a consultar al
oráculo, y una vez fuera, ya no volvió más a casa.
EDIPO.- ¿Y ningún mensajero ni compañero de viaje lo vio, de
quien, informándose, pudiera sacarse alguna ventaja?
CREONTE.- Murieron, excepto uno, que huyó despavorido y sólo una
cosa pudo decir con seguridad de lo que vio.
EDIPO.- ¿Cuál? Porque una sola podría proporcionarnos el
conocimiento de muchas, si consiguiéramos un pequeño principio de esperanza.
CREONTE.- Decía que unos ladrones con los que se tropezaron le
dieron muerte, no con el rigor de una sola mano, sino de muchas.
EDIPO.- ¿Cómo habría llegado el ladrón a semejante audacia, si
no se hubiera proyectado desde aquí con dinero?
CREONTE.- Eso era lo que se creía. Pero, después que murió Layo,
nadie surgía como su vengador en medio de las desgracias.
EDIPO.- ¿Qué tipo de desgracia se presentó que impedía, caída
así la soberanía, averiguarlo?
CREONTE.- La Esfinge, de enigmáticos cantos, nos determinaba a
atender a lo que nos estaba saliendo al paso, dejando de lado lo que no
teníamos a la vista.
EDIPO.- Yo lo volveré a sacar a la luz desde el principio, ya
que Febo, merecidamente, y tú, de manera digna, pusieron tal solicitud en favor
del muerto; de manera que verán también en mí, con razón, a un aliado para
vengar a esta tierra al mismo tiempo que al dios. Pues no para defensa de
lejanos amigos sino de mí mismo alejaré yo en persona esta mancha. El que fuera
el asesino de aquél tal vez también de mí podría querer vengarse con violencia
semejante. Así, pues, auxiliando a aquél me ayudo a mí mismo.
Ustedes, hijos, levántense de las gradas lo más pronto que
puedan y recojan estos ramos de suplicantes. Que otro congregue aquí al pueblo
de Cadmo sabiendo que yo voy a disponerlo todo. Y con la ayuda de la divinidad
apareceré triunfante o fracasado.
(Entran Edipo y Creonte en el palacio.)
SACERDOTE.- Hijos, levantémonos. Pues con vistas a lo que él nos
promete hemos venido aquí. ¡Ojalá que Febo, el que ha enviado estos oráculos,
llegue como salvador y ponga fin a la epidemia!
(Salen de la escena y, seguidamente, entra en ella el Coro de
ancianos tebanos.)
Párodos (Primer canto coral ) Suprimido
Episodio
Primero
(Sale Edipo y se dirige
al Coro.)
EDIPO.- Suplicas. Y de lo que suplicas podrías obtener remedio y
alivio en tus desgracias, si quisieras acoger mis palabras cuando las oigas y
prestar servicio en esta enfermedad. Y yo diré lo que sigue, como quien no
tiene nada que ver con este relato ni con este hecho. Porque yo mismo no podría
seguir por mucho tiempo la pista sin tener ni un rastro. Pero, como ahora he
venido a ser un ciudadano entre ciudadanos, les diré a todos ustedes, cadmeos,
lo siguiente: aquel de ustedes que sepa por obra de quién murió Layo, el hijo
de Lábdaco, le ordeno que me lo revele todo y, si siente temor, que aleje la
acusación que pesa contra sí mismo, ya que ninguna otra pena sufrirá y saldrá
sano y salvo del país. Si alguien, a su vez, conoce que el autor es otro de
otra tierra, que no calle. Yo le concederé la recompensa a la que se añadirá mi
gratitud. Si, por el contrario, callan y alguno temiendo por un amigo o por sí
mismo trata de rechazar esta orden, lo que haré con ellos deben escucharme.
Prohíbo que en este país, del que yo poseo el poder y el trono, alguien acoja y
dirija la palabra a este hombre, quienquiera que sea, y que se haga partícipe
con él en súplicas o sacrificios a los dioses y que le permita las abluciones.
Mando que todos lo expulsen, sabiendo que es una impureza para nosotros, según
me lo acaba de revelar el oráculo pítico del dios. Ésta es la clase de alianza
que yo tengo para con la divinidad y para el muerto. Y pido solemnemente que,
el que a escondidas lo ha hecho, sea en solitario, sea en compañía de otros,
desventurado, consuma su miserable vida de mala manera. E impreco para que, si
llega a estar en mi propio palacio y yo tengo conocimiento de ello, padezca yo
lo que acabo de desear para éstos.
Y a ustedes les encargo que cumplan todas estas cosas por mí
mismo, por el dios y por este país tan consumido en medio de esterilidad y
desamparo de los dioses. Pues, aunque la acción que llevamos a cabo no hubiese
sido promovida por un dios, no sería natural que ustedes la dejaran sin
expiación, sino que deberían hacer averiguaciones por haber perecido un hombre
excelente y, a la vez, rey.
Ahora, cuando yo soy el que me encuentro con el poder que antes
tuvo aquél, en posesión del lecho y de la mujer fecundada, igualmente, por los
dos, y hubiéramos tenido en común el nacimiento de hijos comunes, si su
descendencia no se hubiera malogrado -pero la adversidad se lanzó contra su
cabeza-, por todo esto yo, como si mi padre fuera, lo defenderé y llegaré a
todos los medios tratando de capturar al autor del asesinato para provecho del
hijo de Lábdaco, descendiente de Polidoro y de su antepasado Cadmo, y del
antiguo Agenor. Y pido, para los que no hagan esto, que los dioses no les hagan
brotar ni cosecha alguna de la tierra ni hijos de las mujeres, sino que
perezcan a causa de la desgracia en que se encuentran y aún peor que ésta. Y a
ustedes, los demás Cadmeos, a quienes esto les parezca bien, que la Justicia
como aliada y todos los demás dioses los asistan con buenos consejos.
CORIFEO.- Tal como me has cogido inmerso en tu maldición, te
hablaré, oh rey. Yo ni lo maté ni puedo señalar a quién lo hizo. En esta
búsqueda, era propio del que nos la ha enviado, de Febo, decir quién lo ha
hecho.
EDIPO.- Con razón hablas. Pero ningún hombre podría obligar a
los dioses a algo que no quieran.
CORIFEO.- En segundo lugar, después de eso, te podría decir lo
que yo creo.
EDIPO.- También, si hay un tercer lugar, no dejes de decirlo.
CORO.- Sé que, más que ningún otro, el noble Tiresias ve lo
mismo que el soberano Febo, y de él se podría tener un conocimiento muy exacto,
si se le inquiriera, señor.
EDIPO.- No lo he echado en descuido sin llevarlo a la práctica;
pues, al decírmelo Creonte, he enviado dos mensajeros. Me extraña que no esté
presente desde hace rato.
CORIFEO.- Entonces los demás rumores son ineficaces y pasados.
EDIPO.- ¿Cuáles son? Pues atiendo a toda clase de rumor.
CORIFEO.- Se dijo que murió a manos de unos caminantes.
EDIPO.- También yo lo oí. Pero nadie conoce al que lo vio.
CORIFEO.- Si tiene un poco de miedo, no aguardará después de oír
tus maldiciones.
EDIPO.- El que no tiene temor ante los hechos tampoco tiene
miedo a la palabra.
(Entra Tiresias con los enviados por Edipo. Un niño le
acompaña.)
CORIFEO.- Pero ahí está el que lo dejará al descubierto. Éstos
traen ya aquí al sagrado adivino, al único de los mortales en quien la verdad
es innata.
EDIPO.- ¡Oh Tiresias, que todo lo manejas, lo que debe ser
enseñado y lo que es secreto, los asuntos del cielo y los terrenales! Aunque no
ves, comprendes, sin embargo, de qué mal es víctima nuestra ciudad. A ti te
reconocemos como único defensor y salvador de ella, señor. Porque Febo, si es
que no lo has oído a los mensajeros, contestó a nuestros embajadores que la
única liberación de esta plaga nos llegaría si, después de averiguarlo
correctamente, dábamos muerte a los asesinos de Layo o les hacíamos salir
desterrados del país. Tú, sin rehusar ni el sonido de las aves ni ningún otro
medio de adivinación, sálvate a ti mismo y a la ciudad y sálvame a mí, y
líbranos de toda impureza originada por el muerto. Estamos en tus manos. Que un
hombre preste servicio con los medios de que dispone y es capaz, es la más
bella de las tareas.
TIRESIAS.- ¡Ay, ay! ¡Qué terrible es tener clarividencia cuando
no aprovecha al que la tiene! Yo lo sabía bien, pero lo he olvidado, de lo
contrario no hubiera venido aquí.
EDIPO.- ¿Qué pasa? ¡Qué abatido te has presentado!
TIRESIAS.- Déjame ir a casa. Más fácilmente soportaremos tú lo
tuyo y yo lo mío si me haces caso.
EDIPO.- No hablas con justicia ni con benevolencia para la
ciudad que te alimentó, si la privas de tu augurio.
TIRESIAS.- Porque veo que tus palabras no son oportunas para ti.
¡No vaya a ser que a mí me pase lo mismo…!
(Hace ademán de retirarse.)
EDIPO.- No te des la vuelta, ¡por los dioses!, si sabes algo, ya
que te lo pedimos todos los que estamos aquí como suplicantes.
TIRESIAS.- Todos han perdido el juicio. Yo nunca revelaré mis
desgracias, por no decir las tuyas.
EDIPO.- ¿Qué dices? ¿Sabiéndolo no hablarás, sino que piensas
traicionarnos y destruir a la ciudad?
TIRESIAS.- Yo no quiero afligirme a mí mismo ni a ti. ¿Por qué
me interrogas inútilmente? No te enterarás por mí.
EDIPO.- ¡Oh el más malvado de los malvados, pues tú llegarías a
irritar, incluso, a una roca! ¿No hablarás de una vez, sino que te vas a
mostrar así de duro e inflexible?
TIRESIAS.- Me has reprochado mi obstinación, y no ves la que
igualmente hay en ti, y me censuras.
EDIPO.- ¿Quién no se irritaría al oír razones de esta clase con
las que tú estás perjudicando a nuestra ciudad?
TIRESIAS.- Llegarán por sí mismas, aunque yo las proteja con el
silencio.
EDIPO.- Pues bien, debes manifestarme incluso lo que está por
llegar.
TIRESIAS.- No puedo hablar más. Ante esto, si quieres irrítate
de la manera más violenta.
EDIPO.- Nada de lo que estoy advirtiendo dejaré de decir, según
estoy de encolerizado. Has de saber que parece que tú has ayudado a maquinar el
crimen y lo has llevado a cabo en lo que no ha sido darle muerte con tus manos.
Y si tuvieras vista, diría que, incluso, este acto hubiera sido obra de ti
solo.
TIRESIAS.- ¿De verdad? Y yo te insto a que permanezcas leal al
edicto que has proclamado antes y a que no nos dirijas la palabra ni a éstos ni
a mí desde el día de hoy, en la idea de que tú eres el azote impuro de esta
tierra.
EDIPO.- ¿Con tanta desvergüenza haces esta aseveración? ¿De qué
manera crees poderte escapar a ella?
TIRESIAS.- Ya lo he hecho. Pues tengo la verdad como fuerza.
EDIPO.- ¿Por quién has sido enseñado? Pues, desde luego, de tu
arte no procede.
TIRESIAS.- Por ti, porque me impulsaste a hablar en contra de mi
voluntad.
EDIPO.- ¿Qué palabras? Dilo, de nuevo, para que aprenda mejor.
TIRESIAS.- ¿No has escuchado antes? ¿O es que tratas de que
hable?
EDIPO.- No como para decir que me es comprensible. Dilo de
nuevo.
TIRESIAS.- Afirmo que tú eres el asesino del hombre acerca del
cual están investigando.
EDIPO.- No dirás impunemente dos veces estos insultos.
TIRESIAS.- En ese caso, ¿digo también otras cosas para que te
irrites aún más?
EDIPO.- Di cuanto gustes, que en vano será dicho.
TIRESIAS.- Afirmo que tú has estado conviviendo muy
vergonzosamente, sin advertirlo, con los que te son más queridos y que no te
das cuenta en qué punto de desgracia estás.
EDIPO.- ¿Crees tú, en verdad, que vas a seguir diciendo
alegremente esto?
TIRESIAS.- Sí, si es que existe alguna fuerza en la verdad.
EDIPO.- Existe, salvo para ti. Tú no la tienes, ya que estás
ciego de los oídos, de la mente y de la vista.
TIRESIAS.- Eres digno de lástima por echarme en cara cosas que a
ti no habrá nadie que no te reproche pronto.
EDIPO.- Vives en una noche continua, de manera que ni a mí, ni a
ninguno que vea la luz, podrías perjudicar nunca.
TIRESIAS.- No quiere el destino que tú caigas por mi causa, pues
para ello se basta Apolo, a quien importa llevarlo a cabo.
EDIPO.- ¿Esta invención es de Creonte o tuya?
TIRESIAS.- Creonte no es ningún dolor para ti, sino tú mismo.
EDIPO.- ¡Oh riqueza, poder y saber que aventajas a cualquier
otro saber en una vida llena de encontrados intereses! ¡Cuánta envidia acecha
en ustedes, si, a causa de este mando que la ciudad me confió como un don -sin
que yo lo pidiera-, Creonte, el que era leal, el amigo desde el principio, desea
expulsarme deslizándose a escondidas, tras sobornar a semejante hechicero,
maquinador y charlatán engañoso, que sólo ve en las ganancias y es ciego en su
arte! Porque, ¡ea!, dime, ¿en qué fuiste tú un adivino infalible? ¿Cómo es que
no dijiste alguna palabra que liberara a estos ciudadanos cuando estaba aquí la
perra cantora Y, ciertamente, el enigma no era propio de que lo discurriera
cualquier persona que se presentara, sino que requería arte adivinatoria que tú
no mostraste tener, ni procedente de las aves ni conocida a partir de alguno de
los dioses. Y yo, Edipo, el que nada sabía, llegué y la hice callar
consiguiéndolo por mi habilidad, y no por haberlo aprendido de los pájaros. A
mí es a quien tú intentas echar, creyendo que estarás más cerca del trono de
Creonte. Me parece que tú y el que ha urdido esto tendrán que lograr la
purificación entre lamentos. Y si no te hubieses hecho valer por ser un
anciano, hubieras conocido con sufrimientos qué tipo de sabiduría tienes.
CORIFEO.- Nos parece adivinar que las palabras de éste y las
tuyas, Edipo, han sido dichas a impulsos de la cólera. Pero no debemos
ocuparnos en tales cosas, sino en cómo resolveremos los oráculos del dios de la
mejor manera.
TIRESIAS.- Aunque seas el rey, se me debe dar la misma oportunidad
de replicarte, al menos con palabras semejantes. También yo tengo derecho a
ello, ya que no vivo sometido a ti sino a Loxias, de modo que no podré ser
inscrito como seguidor de Creonte, jefe de un partido. Y puesto que me has
echado en cara que soy ciego, te digo: aunque tú tienes vista, no ves en qué
grado de desgracia te encuentras ni dónde habitas ni con quiénes transcurre tu
vida. ¿Acaso conoces de quiénes desciendes? Eres, sin darte cuenta, odioso para
los tuyos, tanto para los de allí abajo como para los que están en la tierra, y
la maldición que por dos lados te golpea, de tu madre y de tu padre, con paso
terrible te arrojará, algún día, de esta tierra, y tú, que ahora ves
claramente, entonces estarás en la oscuridad. ¡Qué lugar no será refugio de tus
gritos!, ¡qué Citerón no los recogerá cuando te des perfecta cuenta del
infausto matrimonio en el que tomaste puerto en tu propia casa después de
conseguir una feliz navegación! Y no adviertes la cantidad de otros males que
te igualarán a tus hijos. Después de esto, ultraja a Creonte y a mi palabra.
Pues ningún mortal será aniquilado nunca de peor forma que tú.
EDIPO.- ¿Es que es tolerable escuchar esto de ése? ¡Maldito
seas! ¿No te irás cuanto antes? ¿No te irás de esta casa, volviendo por donde
has venido?
TIRESIAS.- No hubiera venido yo, si tú no me hubieras llamado.
EDIPO.- No sabía que ibas a decir necedades. En tal caso,
difícilmente te hubiera hecho venir a mi palacio.
Tiresias.- Yo soy tal cual te parezco, necio, pero para los
padres que te engendraron era juicioso.
EDIPO.- ¿A quiénes? Aguarda. ¿Qué mortal me dio el ser?
TIRESIAS.- Este día te engendrará y te destruirá.
EDIPO.- ¡De qué modo enigmático y oscuro lo dices todo!
TIRESIAS.- ¿Acaso no eres tú el más hábil por naturaleza para
interpretarlo?
EDIP0.- Échame en cara, precisamente, aquello en lo que me
encuentras grande.
TIRESIAS.- Esa fortuna, sin embargo, te hizo perecer.
EDIPO.- Pero si salvo a esta ciudad, no me preocupa.
TIRESIAS.- En ese caso me voy. Tú, niño, condúceme.
EDIPO.- Que te lleve, sí, porque aquí, presente, eres un molesto
obstáculo; y, una vez fuera, puede ser que no atormentes más.
TIRESIAS.- Me voy, porque ya he dicho aquello para lo que vine,
no porque tema tu rostro. Nunca me podrás perder. Y te digo: ese hombre que, desde
hace rato, buscas con amenazas y con proclamas a causa del asesinato de Layo,
está aquí. Se dice que es extranjero establecido aquí, pero después saldrá a la
luz que es tebano por su linaje y no se complacerá de tal suerte. Ciego, cuando
antes tenía vista, y pobre, en lugar de rico, se trasladará a tierra extraña
tanteando el camino con un bastón. Será manifiesto que él mismo es, a la vez,
hermano y padre de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer de la que nació
y de la misma raza, así como asesino de su padre. Entra y reflexiona sobre
esto. Y si me coges en mentira, di que yo ya no tengo razón en el arte
adivinatorio.
(Tiresias se aleja y Edipo entra en palacio.)
Estásima Primera (Segundo canto coral) Suprimido
Episodio Segundo
(Entra Creonte.)
CREONTE.- Ciudadanos, habiéndome enterado de que el rey Edipo me
acusa con terribles palabras, me presento sin poder soportarlo. Pues si en los
males presentes cree haber sufrido de mi parte con palabras o con obras algo
que le lleve a un perjuicio, no tengo deseo de una vida que dure mucho tiempo
con esta fama. El daño que me reporta esta acusación no es sin importancia,
sino gravísimo, si es que voy a ser llamado malvado en la ciudad, y malvado
ante ti y ante los amigos.
CORIFEO.- Tal vez haya llegado a este ultraje forzado por la
cólera, más que intencionadamente.
CREONTE.- ¿Fue declarado por éste abiertamente que, persuadido
por mis consejeros, el adivino decía palabras falaces?
CORIFEO.- Eso dijo, pero no sé con qué intención.
CREONTE.- ¿Y, con la mirada y la mente rectas, lanzó esta
acusación contra mí?
CORIFEO.- No sé, pues no conozco lo que hacen los que tienen el
poder. Pero él, en persona, sale ya del palacio.
(Entra Edipo en escena.)
EDIPO.- ¡Tú, ése! ¿Cómo has venido aquí? ¿Eres, acaso, persona de
tanta osadía que has llegado a mi casa, a pesar de que es evidente que tú eres
el asesino de este hombre y un usurpador manifiesto de mi soberanía? ¡Ea, dime,
por los dioses! ¿Te decidiste a actuar así por haber visto en mí alguna
cobardía o locura? ¿O pensabas que no descubriría que tu acción se deslizaba
con engaño, o que no me defendería al averiguarlo? ¿No es tu intento una
locura: buscar con ahínco la soberanía sin el apoyo del pueblo y de los amigos,
cuando se obtiene con la ayuda de aquél y de las riquezas?
CREONTE.- ¿Sabes lo que vas a hacer? Opuestas a tus palabras,
escúchame palabras semejantes y, después de conocerlas, juzga tú mismo.
EDIPO.- Tú eres diestro en el hablar y yo soy torpe para
comprenderte, porque he descubierto que eres hostil y molesto para mí.
CREONTE.- En lo que a esto se refiere, óyeme primero cómo lo voy
a contar.
EDIPO.- En lo que a esto se refiere, no me digas que no eres un
malvado.
CREONTE.- Si crees que la presunción separada de la inteligencia
es un bien, no razonas bien.
EDIPO.- Si crees que perjudicando a un pariente no sufrirás la
pena, no razonas correctamente.
CREONTE.- De acuerdo contigo en que has dicho esto con toda
razón. Pero infórmame qué perjuicio dices que has recibido.
EDIPO.- ¿Intentabas persuadirme, o no, de que era necesario que
enviara a alguien a buscar al venerable adivino?
CREONTE.- Y soy aún el mismo en lo que a ese consejo se refiere.
EDIPO.- ¿Cuánto tiempo hace ya desde que Layo…
CREONTE.- ¿Qué fue lo que hizo? No entiendo.
EDIPO.- … sin que fuera visible, pereciera en un asesinato?
CREONTE.- Podrían contarse largos y antiguos años.
EDIPO.- ¿Ejercía entonces su arte ese adivino?
CREONTE.- Sí, tan sabiamente como antes y honrado por igual.
EDIPO.- ¿Hizo mención de mí para algo en aquel tiempo?
CREONTE.- No, ciertamente, al menos cuando yo estaba presente.
EDIPO.- Pero, ¿no hicieron investigaciones acerca del muerto?
CREONTE.- Las hicimos, ¿cómo no? Y no conseguimos nada.
EDIPO.- ¿Y cómo, pues, ese sabio no dijo entonces estas cosas?
CREONTE.- No lo sé. De lo que no comprendo, prefiero guardar
silencio.
EDIPO.- Sólo lo que sabes podrías decirlo con total
conocimiento.
CREONTE.- ¿Qué es ello? Si lo sé, no lo negaré.
EDIPO.- Que, si no hubiera estado concertado contigo, no hubiera
hablado de la muerte de Layo a mis manos.
CREONTE.- Si esto dice, tú lo sabes. Yo considero justo
informarme de ti, lo mismo que ahora tú lo has hecho de mí.
EDIPO.- Haz averiguaciones. No seré hallado culpable de
asesinato.
CREONTE.- ¿Y qué? ¿Estás casado con mi hermana?
EDIPO.- No es posible negar la pregunta que me haces.
CREONTE.- ¿Gobiernas el país administrándolo con igual poder que
ella?
EDIPO.- Lo que desea, todo lo obtiene de mí.
CREONTE.- ¿Y no es cierto que, en tercer lugar, yo me igualo a
ustedes dos?
EDIPO.- Por eso, precisamente, resultas ser un mal amigo.
CREONTE.- No si me das la palabra como yo a ti mismo. Considera
primeramente esto: si crees que alguien preferiría gobernar entre temores a
dormir tranquilo, teniendo el mismo poder. Por lo que a mí respecta, no tengo
más deseo de ser rey que de actuar como si lo fuera, ni ninguna otra persona
que sepa razonar. En efecto, ahora lo obtengo de ti todo sin temor, pero, si
fuera yo mismo el que gobernara, haría muchas cosas también contra mi voluntad.
¿Cómo, pues, iba a ser para mí más grato el poder absoluto, que un mando y un
dominio exentos de sufrimientos? Aún no estoy tan mal aconsejado como para
desear otras cosas que no sean los honores acompañados de provecho.
Actualmente, todos me saludan y me acogen con cariño. Los que ahora tienen
necesidad de ti me halagan, pues en esto está, para ellos, el obtener todo.
¿Cómo iba yo, pues, a pretender aquello desprendiéndome de esto? Una mente que
razona bien no puede volverse torpe. No soy, por tanto, amigo de esta idea ni soportaría
nunca la compañía de quien lo hiciera. Y, como prueba de esto, ve a Delfos y
entérate si te he anunciado fielmente la respuesta del oráculo. Y otra cosa: si
me sorprendes habiendo tramado algo en común con el adivino, tras hacerlo, no
me condenes a muerte por un solo voto, sino por dos, por el tuyo y el mío; pero
no me inculpes por tu cuenta a causa de una suposición no probada. No es justo
considerar, sin fundamento, a los malvados honrados ni a los honrados malvados.
Afirmo que es igual rechazar a un buen amigo que a la propia vida, a la que se
estima sobre todas las cosas. Con el tiempo, podrás conocer que esto es cierto,
ya que sólo el tiempo muestra al hombre justo, mientras que podrías conocer al
perverso en un solo día.
CORIFEO.- Bien habló él, señor, para quien sea cauto en errar.
Pues los que se precipitan no son seguros para dar una opinión.
EDIPO.- Cuando el que conspira a escondidas avanza con rapidez,
preciso es que también yo mismo planee con la misma rapidez. Si espero sin
moverme, los proyectos de éste se convertirán en hechos y los míos, en
frustraciones.
CREONTE.- ¿Qué pretendes, entonces? ¿Acaso arrojarme fuera del
país?
EDIPO.- En modo alguno. Que mueras quiero, no que huyas.
CREONTE.- Cuando expliques cuál es la clase de aborrecimiento…
EDIPO.- ¿Quieres decir que no me obedecerás ni me darás crédito?
CREONTE.- …pues veo que tú no razonas con cordura.
EDIPO.- Sí, al menos, en lo que me afecta.
CREONTE.- Pero es preciso que lo hagas también en lo mío.
EDIPO.- Tú eres un malvado.
CREONTE.- ¿Y si es que tú no comprendes nada?
EDIPO.- Hay que obedecer, a pesar de ello.
CREONTE.- No al que ejerce mal el poder.
EDIPO.- ¡Oh ciudad, ciudad!
CREONTE.- También a mí me interesa la ciudad, no sólo a ti.
CORIFEO.- Cesen, príncipes. Veo que, a tiempo para ustedes, sale
de palacio Yocasta, con la que deben dirimir la disputa que están sosteniendo.
(Yocasta sale de palacio.)
YOCASTA.- ¿Por qué, oh desdichados, originaron esta irreflexiva
discusión? ¿No les da vergüenza ventilar cuestiones particulares estando como
está sufriendo la ciudad? ¿No irás tú a palacio y tú, Creonte, a tu casa sin
transformar un disgusto que no es nada en algo importante?
CREONTE.- Hermana, Edipo, tu esposo, pretende llevar a cabo
decisiones terribles respecto a mí, habiendo elegido entre dos calamidades: o
desterrarme de la patria o, tras hacerme prisionero, matarme.
EDIPO.- Asiento. Pues lo he sorprendido, mujer, tramando contra
mi persona con mañas ruines.
CREONTE.- ¡Que no sea feliz, sino que perezca maldito, si he
realizado contra ti algo de lo que me imputas!
YOCASTA.- ¡Por los dioses!, Edipo, da crédito a esto, sobre todo
si sientes respeto ante un juramento en nombre de los dioses y, después,
también por respeto a mí y a los que están ante ti.
ESTROFA 1ª
CORO.- Obedece de grado y por prudencia, señor, te lo suplico.
EDIPO.- ¿En qué quieres que ceda?
CORO.- En respetar al que nunca antes fue necio y ahora es
fuerte en virtud del juramento.
EDIPO.- ¿Sabes lo que pides?
CORIFEO.- Lo sé.
EDIPO.- Explícame qué dices.
CORO.- Que, por un rumor poco probado, nunca lances una
acusación de deshonor a un pariente obligado por su propio juramento.
EDIPO.- Entérate bien ahora: cuando esto pretendes, me estás
buscando la ruina o mi destierro de este país.
ESTROFA 2ª
CORO.- No, ¡por el dios primero entre todos los dioses el Sol!
¡Qué muera sin dios, sin amigos, de la peor manera, si tengo semejante
pensamiento! Pero esta tierra que se consume aflige mi ánimo, desventurado, si
los males que les atañen a ustedes dos se unen a los que ya había.
EDIPO.- ¡Que se vaya éste, aun cuando deba yo morir
irremediablemente o ser expulsado por la fuerza, deshonrado, de esta tierra!
Ante tus palabras dignas de lástima me apiado, que no ante las de éste. Él, en
donde se encuentre, será objeto de mi aborrecimiento.
CREONTE.- Es evidente que lleno de odio cedes, y estarás molesto
cuando termines de estar airado. Las naturalezas como la tuya son, con motivo,
las que más se duelen de soportarse a sí mismas.
EDIPO.- ¿No me dejarás tranquilo y te irás fuera?
CREONTE.- Me voy sin que me hayas entendido, pero para éstos soy
el mismo.
(Se aleja.)
ANTÍSTROFA 1ª
CORO.- Mujer, ¿qué estás esperando para llevarlo a palacio?
YOCASTA.- Conocer qué es lo que ocurre.
CORO.- Una oscura sospecha surgió de unas palabras, pero también
me desgarra lo que puede ser injusto.
YOCASTA.- ¿Del uno y del otro?
CORIFEO.- Sí.
YOCASTA.- ¿Y cuál fue el motivo?
CORO.- Basta, me parece que es suficiente, estando atormentado
el país. Que se quede el asunto allí donde cesó.
EDIPO.- Date cuenta dónde has llegado, aun siendo hombre honesto
en tu intención, haciendo caso omiso y embotando mi corazón.
ANTÍSTROFA 2ª.
CORO.- ¡Oh señor, no te lo he dicho sólo una vez: sabe que
habría de mostrarme insensato, falto de razonable juicio, si te abandonara. Tú,
que dirigiste con justicia el rumbo de mi querido país, cuando estaba sacudido
entre desgracias, llegarás a ser también ahora un buen guía, si puedes.
YOCASTA.- ¡En nombre de los dioses! Dime también a mí, señor,
por qué asunto has concebido semejante enojo.
EDIPO.- Hablaré. Pues a ti, mujer, te venero más que a éstos. Es
a causa de Creonte y de la clase de conspiración que ha tramado contra mí.
YOCASTA.- Habla, si es que lo vas a hacer para denunciar
claramente el motivo de la querella.
EDIPO.- Dice que yo soy el asesino de Layo.
YOCASTA.- ¿Lo conoce por sí mismo o por haberlo oído decir a
otro?
EDIPO.- Ha hecho venir a un desvergonzado adivino, ya que su
boca, por lo que a él en persona concierne, está completamente libre.
YOCASTA.- Tú, ahora, liberándote a ti mismo de lo que dices,
escúchame y aprende que nadie que sea mortal tiene parte en el arte
adivinatoria. La prueba de esto te la mostraré en pocas palabras. Una vez le
llegó a Layo un oráculo -no diré que del propio Febo, sino de sus servidores- que
decía que tendría el destino de morir a manos del hijo que naciera de mí y de
él. Sin embargo, a él, al menos según el rumor, unos bandoleros extranjeros lo
mataron en una encrucijada de tres caminos. Por otra parte, no habían pasado
tres días desde el nacimiento del niño cuando Layo, después de atarle juntas
las articulaciones de los pies, le arrojó, por la acción de otros, a un monte
infranqueable. Por tanto, Apolo ni cumplió el que éste llegara a ser asesino de
su padre ni que Layo sufriera a manos de su hijo la desgracia que él temía.
Afirmo que los oráculos habían declarado tales cosas. Por ello, tú para nada te
preocupes, pues aquello en lo que el dios descubre alguna utilidad, él en
persona lo da a conocer sin rodeos.
EDIPO.- Al acabar de escucharte, mujer, ¡qué delirio se ha
apoderado de mi alma y qué agitación de mis sentidos!
CREONTE.- ¿A qué preocupación te refieres que te ha hecho
volverte sobre tus pasos?
EDIPO.- Me pareció oírte que Layo había sido muerto en una
encrucijada de tres caminos.
YOCASTA.- Se dijo así y aún no se ha dejado de decir.
EDIPO.- ¿Y dónde se encuentra el lugar ese en donde ocurrió la
desgracia?
YOCASTA.- Fócide es llamada la región, y la encrucijada hace
confluir los caminos de Delfos y de Daulia.
EDIPO.- ¿Qué tiempo ha transcurrido desde estos acontecimientos?
YOCASTA.- Poco antes de que tú aparecieras con el gobierno de
este país, se anunció eso a la ciudad.
EDIPO.- ¡Oh Zeus! ¿Cuáles son tus planes para conmigo?
YOCASTA.- ¿Qué es lo que te desazona, Edipo?
EDIPO.- Todavía no me interrogues. Y dime, ¿qué aspecto tenía
Layo y de qué edad era?
YOCASTA.- Era fuerte, con los cabellos desde hacía poco
encanecidos, y su figura no era muy diferente de la tuya.
EDIPO.- ¡Ay de mí, infortunado! Me parece que acabo de
precipitarme a mí mismo, sin saberlo, en terribles maldiciones.
YOCASTA.- ¿Cómo dices? No me atrevo a dirigirte la mirada,
señor.
EDIPO.- Me pregunto, con tremenda angustia, si el adivino no
estaba en lo cierto, y me lo demostrarás mejor, si aún me revelas una cosa.
YOCASTA.- En verdad que siento temor, pero a lo que me
preguntes, si lo sé, contestaré.
EDIPO.- ¿Iba de incógnito, o con una escolta numerosa cual
corresponde a un rey?
YOCASTA.- Eran cinco en total. Entre ellos había un heraldo.
Sólo un carro conducía a Layo.
EDIPO.- ¡Ay, ay! Esto ya está claro. ¿Quién fue el que entonces
les anunció las nuevas, mujer?
YOCASTA.- Un servidor que llegó tras haberse salvado sólo él.
EDIPO.- ¿Por casualidad se encuentra ahora en palacio?
YOCASTA.- No, por cierto. Cuando llegó de allí y vio que tú
regentabas el poder y que Layo estaba muerto, me suplicó, encarecidamente,
cogiéndome la mano, que lo enviara a los campos y al pastoreo de rebaños para
estar lo más alejado posible de la ciudad. Yo lo envié, porque, en su calidad
de esclavo, era digno de obtener este reconocimiento y aún mayor.
EDIPO.- ¿Cómo podría llegar junto a nosotros con rapidez?
YOCASTA.- Es posible. Pero ¿por qué lo deseas?
EDIPO.- Temo por mí mismo, oh mujer, haber dicho demasiadas
cosas. Por ello, quiero verlo.
YOCASTA.- Está bien, vendrá, pero también yo merezco saber lo
que te causa desasosiego, señor.
EDIPO.- Y no serás privada, después de haber llegado yo a tal
punto de zozobra. Pues, ¿a quién mejor que a ti podría yo hablar, cuando paso
por semejante trance?
Mi padre era Pólibo, corintio, y mi madre Mérope, doria. Era
considerado yo como el más importante de los ciudadanos de allí hasta que me
sobrevino el siguiente suceso, digno de admirar, pero, sin embargo, no
proporcionado al ardor que puse en ello. He aquí que en un banquete, un hombre
saturado de bebida, refiriéndose a mí, dice, en plena embriaguez, que yo era un
falso hijo de mi padre. Yo, disgustado, a duras penas me pude contener a lo
largo del día, pero, al siguiente, fui junto a mi padre y mi madre y les
pregunté. Ellos llevaron a mal la injuria de aquel que había dejado escapar
estas palabras. Yo me alegré con su reacción; no obstante, eso me atormentaba
sin cesar, pues me había calado hondo.
Sin que mis padres lo supieran, me dirigí a Delfos, y Febo me
despidió sin atenderme en aquello por lo que llegué, sino que se manifestó
anunciándome, infortunado de mí, terribles y desgraciadas calamidades: que
estaba fijado que yo tendría que unirme a mi madre y que traería al mundo una
descendencia insoportable de ver para los hombres y que yo sería asesino del
padre que me había engendrado.
Después de oír esto, calculando a partir de allí la posición de
la región corintia por las estrellas, iba, huyendo de ella, adonde nunca viera
cumplirse las atrocidades de mis funestos oráculos.
En mi caminar llego a ese lugar en donde tú afirmas que murió el
rey. Y a ti, mujer, te revelaré la verdad. Cuando en mi viaje estaba cerca de
ese triple camino, un heraldo y un hombre, cual tú describes, montado sobre un
carro tirado por potros, me salieron al encuentro. El conductor y el mismo
anciano me arrojaron violentamente fuera del camino. Yo, al que me había
apartado, al conductor del carro, lo golpeé movido por la cólera. Cuando el
anciano ve desde el carro que me aproximo, apuntándome en medio de la cabeza,
me golpea con la pica de doble punta. Y él no pagó por igual, sino que,
inmediatamente, fue golpeado con el bastón por esta mano y, al punto, cae
redondo de espaldas desde el carro. Maté a todos.
Si alguna conexión hay entre Layo y este extranjero, ¿quién hay
en este momento más infortunado que yo? ¿Qué hombre podría llegar a ser más
odiado por los dioses, cuando no le es posible a ningún extranjero ni ciudadano
recibirlo en su casa ni dirigirle la palabra y hay que arrojarlo de los
hogares? Y nadie, sino yo, es quien ha lanzado sobre mí mismo tales
maldiciones. Mancillo el lecho del muerto con mis manos, precisamente con las
que lo maté. ¿No soy yo, en verdad, un canalla? ¿No soy un completo impuro? Si
debo salir desterrado, no me es posible en mi destierro ver a los míos ni pisar
mi patria, a no ser que me vea forzado a unirme en matrimonio con mi madre y a
matar a Pólibo, que me crió y engendró. ¿Acaso no sería cierto el razonamiento
de quien lo juzgue como venido sobre mí de una cruel divinidad? ¡No, por
cierto, oh sagrada majestad de los dioses, que no vea yo este día, sino que
desaparezca de entre los mortales antes que ver que semejante deshonor
impregnado de desgracia llega sobre mí!
CORIFEO. A nosotros, oh rey, nos parece esto motivo de temor,
pero mientras no lo conozcas del todo por boca del que estaba presente, ten
esperanza.
EDIPO.- En verdad, ésta es la única esperanza que tengo:
aguardar al pastor.
YOCASTA.- Y cuando él haya aparecido, ¿qué esperas que suceda?
EDIPO.- Yo te lo diré. Si descubrimos que dice lo mismo que tú,
yo podría ponerme a salvo de esta calamidad.
YOCASTA.- ¿Qué palabras especiales me has oído?
EDIPO.- Decías que él afirmó que unos ladrones lo habían matado.
Si aún confirma el mismo número, yo no fui el asesino, pues no podría ser uno
solo igual a muchos. Pero si dice que fue un hombre que viajaba en solitario,
está claro: el delito me es imputable.
YOCASTA.- Ten por seguro que así se propagó la noticia, y no le
es posible desmentirla de nuevo, puesto que la ciudad, no yo sola, lo oyó. Y si
en algo se apartara del anterior relato, ni aun entonces mostrará que la muerte
de Layo se cumplió debidamente, porque Loxias dijo expresamente que se llevaría
a cabo por obra de un hijo mío. Sin embargo, aquél, infeliz, nunca lo pudo
matar, sino que él mismo sucumbió antes. De modo que en materia de adivinación
yo no podría dirigir la mirada ni a un lado ni a otro.
EDIPO.- Haces un sensato juicio. Pero, no obstante, envía a
alguien para que haga venir al labriego y no lo descuides.
(Entran en palacio.)
Estásima Segunda (tercer canto coral ) Suprimido
Episodio Tercero (Yocasta sale de palacio acompañada de servidoras.)
YOCASTA.- Señores de la región, se me ha ocurrido la idea de
acercarme a los templos de los dioses con estas coronas y ofrendas de incienso
en las manos. Porque Edipo tiene demasiado en vilo su corazón con aflicciones
de todo tipo y no conjetura, cual un hombre razonable, lo nuevo por lo de
antaño, sino que está pendiente del que habla si anuncia motivos de temor. Y ya
que no consigo nada con mis consejos, me llego ante ti, oh Apolo Liceo -pues
eres el más cercano-, cual suplicante, con estos signos de rogativas para que
nos proporciones alguna liberación purificadora, puesto que ahora todos sentimos
ansiedad, al ver asustado a aquel que es como el piloto de la nave.
(Entra en escena un
mensajero.)
MENSAJERO.- ¿Podrían informarme, oh extranjeros, dónde se halla
el palacio del rey Edipo?
CORIFEO.- Ésta es su morada y él mismo está dentro, extranjero.
Esta mujer es la madre de sus hijos.
MENSAJERO.- ¡Que llegues a ser siempre feliz, rodeada de gente
dichosa, tú que eres esposa legítima de aquél!
YOCASTA.- De igual modo lo seas tú, oh extranjero, pues lo
mereces por tus favorables palabras. Pero dime con qué intención has llegado y
qué quieres anunciar.
MENSAJERO.- Buenas nuevas para tu casa y para tu esposo, mujer.
YOCASTA.- ¿Cuáles son? ¿De parte de quién vienes?
MENSAJERO.- De Corinto. Ojalá te complazca -¿cómo no?- la
noticia que te daré a continuación, aunque tal vez te duelas.
YOCASTA.- ¿Qué es? ¿Cómo puede tener ese doble efecto?
MENSAJERO.- Los habitantes de la región del Istmo lo van a
designar rey, según se ha dicho allí.
YOCASTA.- ¿Por qué? ¿No está ya el anciano Pólibo en el poder?
MENSAJERO.- No, ya que la muerte lo tiene en su tumba.
YOCASTA.- ¿Cómo dices? ¿Ha muerto el padre de Edipo?
MENSAJERO.- Que sea merecedor de muerte, si no digo la verdad.
YOCASTA.- Sirvienta, ¿no irás rápidamente a decirle esto al amo?
¡Oh oráculos de los dioses! ¿Dónde están? Edipo huyó hace tiempo por el temor
de matar a este hombre y, ahora, él ha muerto por el azar y no a manos de
aquél.
(Sale Edipo de palacio.)
EDIPO.- ¡Oh Yocasta, muy querida mujer! ¿Por qué me has mandado
venir aquí desde palacio?
YOCASTA.- Escucha a este hombre y observa, al oírle, en qué han
quedado los respetables oráculos del dios.
EDIPO.- ¿Quién es éste y qué me tiene que comunicar?
YOCASTA.- Viene de Corinto para anunciar que tu padre, Pólibo,
no está ya vivo, sino que ha muerto.
EDIPO.- ¿Qué dices, extranjero? Anúnciamelo tú mismo.
MENSAJERO.- Si es preciso que yo te lo anuncie claramente en
primer lugar, entérate bien de que aquél ha muerto.
EDIPO.- ¿Acaso por una emboscada, o como resultado de una
enfermedad?
MENSAJERO.- Un pequeño quebranto rinde los cuerpos ancianos.
EDIPO.- A causa de enfermedad murió el desdichado, a lo que
parece.
MENSAJERO.- Y por haber vivido largos años.
EDIPO.- ¡Ah, ah! ¿Por qué, oh mujer, habría uno de tener en
cuenta el altar vaticinador de Pitón o los pájaros que claman en el cielo,
según cuyos indicios tenía yo que dar muerte a mi propio padre? Pero él,
habiendo muerto, está oculto bajo tierra y yo estoy aquí, sin haberlo tocado
con arma alguna, a no ser que se haya consumido por nostalgia de mí. De esta manera
habría muerto por mi intervención. En cualquier caso, Pólibo yace en el Hades y
se ha llevado consigo los oráculos presentes, que no tienen ya ningún valor.
YOCASTA.- ¿No te lo decía yo desde antes?
EDIPO.- Lo decías, pero yo me dejaba guiar por el miedo.
YOCASTA.- Ahora no tomes en consideración ya ninguno de ellos.
EDIPO.- ¿Y cómo no voy a temer al lecho de mi madre?
YOCASTA.- Y ¿qué podría temer un hombre para quien los
imperativos de la fortuna son los que lo pueden dominar, y no existe previsión
clara de nada? Lo más seguro es vivir al azar, según cada uno pueda. Tú no
sientas temor ante el matrimonio con tu madre, pues muchos son los mortales que
antes se unieron también a su madre en sueños. Aquel para quien esto nada
supone más fácilmente lleva su vida.
EDIPO.- Con razón hubieras dicho todo eso, si no estuviera viva
mi madre. Pero como lo está, no tengo más remedio que temer, aunque tengas
razón.
YOCASTA.- Gran ayuda suponen los funerales de tu padre.
EDIPO.- Grande, lo reconozco. Pero siento temor por la que vive.
MENSAJERO.- ¿Cuál es la mujer por la que temen?
EDIPO.- Por Mérope, anciano, con la que vivía Pólibo.
MENSAJERO.- ¿Qué hay en ella que los induzca al temor?
EDIPO.- Un oráculo terrible de origen divino, extranjero.
MENSAJERO.- ¿Lo puedes aclarar, o no es lícito que otro lo sepa?
EDIPO.- Sí, por cierto. Loxias afirmó, hace tiempo, que yo había
de unirme con mi propia madre y coger en mis manos la sangre de mi padre. Por
este motivo habito desde hace años muy lejos de Corinto, feliz, pero, sin
embargo, es muy grato ver el semblante de los padres.
MENSAJERO.- ¿Acaso por temor a estas cosas estabas desterrado de
allí?
EDIPO.- Por el deseo de no ser asesino de mi padre, anciano.
MENSAJERO.- ¿Por qué, pues, no te he liberado yo de este recelo,
señor, ya que bien dispuesto llegué?
EDIPO.- En ese caso recibirías de mí digno agradecimiento.
MENSAJERO.- Por esto he venido sobre todo, para que en algo
obtenga un beneficio cuando tú regreses a palacio.
EDIPO.- Pero jamás iré con los que me engendraron.
MENSAJERO.- ¡Oh hijo, es bien evidente que no sabes lo que
haces…
EDIPO.- ¿Cómo, oh anciano? Acláramelo, por los dioses.
MENSAJERO.- …si por esta causa rehúyes volver a casa!
EDIPO.- Temeroso de que Febo me resulte veraz.
MENSAJERO.- ¿Es que temes cometer una infamia para con tus
progenitores?
EDIPO.- Eso mismo, anciano. Ello me asusta constantemente.
MENSAJERO.- ¿No sabes que, con razón, nada debes temer?
EDIPO.- ¿Cómo no, si soy hijo de esos padres?
MENSAJERO.- Porque Pólibo nada tenía que ver con tu linaje.
EDIPO.- ¿Cómo dices? ¿Que no me engendró Pólibo?
MENSAJERO.- No más que el hombre aquí presente, sino igual.
EDIPO.- Y ¿cómo el que me engendró está en relación contigo que
no me eres nada?
MENSAJERO.- No te engendramos ni aquél ni yo.
EDIPO.- Entonces, ¿en virtud de qué me llamaba hijo?
MENSAJERO.- Por haberte recibido como un regalo -entérate- de
mis manos.
EDIPO.- Y ¿a pesar de haberme recibido así de otras manos, logró
amarme tanto?
MENSAJERO.- La falta hasta entonces de hijos lo persuadió del
todo.
Edipo.- Y tú, ¿me habías comprado o encontrado cuando me
entregaste a él?
MENSAJERO.- Te encontré en los desfiladeros selvosos del
Citerón.
EDIPO.- ¿Por qué recorrías esos lugares?
MENSAJERO.- Allí estaba al cuidado de pequeños rebaños
montaraces.
EDIPO.- ¿Eras pastor y nómada a sueldo?
MENSAJERO.- Y así fui tu salvador en aquel momento.
EDIPO.- ¿Y de qué mal estaba aquejado cuando me tomaste en tus
manos?
MENSAJERO.- Las articulaciones de tus pies te lo pueden
testimoniar.
EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿A qué antigua desgracia te refieres con
esto?
MENSAJERO.- Yo te desaté, pues tenías perforados los tobillos.
EDIPO.- ¡Bello ultraje recibí de mis pañales!
MENSAJERO.- Hasta el punto de recibir el nombre que llevas por
este suceso.
EDIPO.- ¡Oh, por los dioses! ¿De parte de mi madre o de mi padre
lo recibí? Dímelo.
MENSAJERO.- No lo sé. El que te entregó a mí conoce esto mejor
que yo.
EDIPO.- Entonces, ¿me recibiste de otro y no me encontraste por
ti mismo?
MENSAJERO.- No, sino que otro pastor me hizo entrega de ti.
EDIPO.- ¿Quién es? ¿Sabes darme su nombre?
MENSAJERO.- Por lo visto era conocido como uno de los servidores
de Layo.
EDIPO.- ¿Del rey que hubo, en otro tiempo, en esta tierra?
MENSAJERO.- Sí, de ese hombre era él pastor.
EDIPO.- ¿Está aún vivo ese tal como para poder verme?
MENSAJERO.- (Dirigiéndose al Coro.) Ustedes, los habitantes de
aquí, podrían saberlo mejor.
EDIPO.- ¿Hay entre ustedes, los que me rodean, alguno que
conozca al pastor a que se refiere, por haberlo visto, bien en los campos, bien
aquí? Indíquenmelo, pues es el momento de descubrirlo de una vez por todas.
CORIFEO.- Creo que a ningún otro se refiere, sino al que
tratabas de ver antes haciéndolo venir desde el campo. Pero aquí está Yocasta
que podría decirlo mejor.
EDIPO.- Mujer, ¿conoces a aquel que hace poco deseábamos que se
presentara? ¿Es a él a quien éste se refiere?
YOCASTA.- ¿Y qué nos va lo que dijo acerca de un cualquiera? No
hagas ningún caso, no quieras recordar inútilmente lo que ha dicho.
EDIPO.- Sería imposible que con tales indicios no descubriera yo
mi origen.
YOCASTA.- ¡No, por los dioses! Si en algo te preocupa tu propia
vida, no lo investigues. Es bastante que yo esté angustiada.
EDIPO.- Tranquilízate, pues aunque yo resulte esclavo, hijo de
madre esclava por tres generaciones, tú no aparecerás innoble.
YOCASTA.- No obstante, obedéceme, te lo suplico. No lo hagas.
EDIPO.- No podría obedecerte en dejar de averiguarlo con
claridad.
YOCASTA.- Sabiendo bien qué es lo mejor para ti, hablo.
EDIPO.- Pues bien, lo mejor para mí me está importunando desde
hace rato.
YOCASTA.- ¡Oh desventurado! ¡Que nunca llegues a saber quién
eres!
EDIPO.- ¿Alguien me traerá aquí al pastor? Dejen a ésta que se
complazca en su poderoso linaje.
YOCASTA.- ¡Ah, ah, desdichado, pues sólo eso te puedo llamar y ninguna
otra cosa ya nunca en adelante!
(Yocasta, visiblemente alterada, entra al palacio.)
CORIFEO.- ¿Por qué se ha ido tu esposa, Edipo, tan
precipitadamente bajo el peso de una profunda aflicción? Tengo miedo de que de
este silencio estallen desgracias.
EDIPO.- Que estalle lo que quiera ella. Yo sigo queriendo
conocer mi origen, aunque sea humilde. Esa, tal vez, se avergüence de mi linaje
oscuro, pues tiene orgullosos pensamientos como mujer que es. Pero yo, que me
tengo a mí mismo por hijo de la Fortuna, la que da con generosidad, no seré
deshonrado, pues de una madre tal he nacido. Y los meses, mis hermanos, me
hicieron insignificante y poderoso. Y si tengo este origen, no podría volverme
luego otro, como para no llegar a conocer mi estirpe.
Estásima Tercera(Cuarto canto coral) Suprimido
Episodio
cuarto (Entra el anciano pastor acompañado de dos
esclavos.)
EDIPO.- Si he de hacer yo conjeturas, ancianos, creo estar
viendo al pastor que desde hace rato buscamos, aunque nunca he tenido relación
con él. Pues en su acusada edad coincide por completo con este hombre y,
además, reconozco a los que lo conducen como servidores míos. Pero tú, tal vez,
podrías superarme en conocimientos por haber visto antes al pastor.
CORIFEO.- Lo conozco, ten la certeza. Era un pastor de Layo,
fiel cual ninguno.
EDIPO.- A ti te pregunto en primer lugar, al extranjero
corintio: ¿es de ése de quien hablabas?
MENSAJERO.- De éste que contemplas.
EDIPO.- Eh, tú, anciano, acércate y, mirándome, contesta a
cuanto te pregunte. ¿Perteneciste, en otro tiempo, al servicio de Layo?
SERVIDOR.- Sí, como esclavo no comprado, sino criado en la casa.
EDIPO.- ¿En qué clase de trabajo te ocupabas o en qué tipo de
vida?
SERVIDOR.- La mayor parte de mi vida conduje rebaños.
EDIPO.- ¿En qué lugares habitabas sobre todo?
SERVIDOR.- Unas veces, en el Citerón; otras, en lugares
colindantes.
EDIPO.- ¿Eres consciente de haber conocido allí a este hombre en
alguna parte?
SERVIDOR.- ¿En qué se ocupaba? ¿A qué hombre te refieres?
EDIPO.- Al que está aquí presente. ¿Tuviste relación con él
alguna vez?
SERVIDOR.- No como para poder responder rápidamente de memoria.
MENSAJERO.- No es nada extraño, señor. Pero yo refrescaré
claramente la memoria del que no me reconoce. Estoy bien seguro de que se
acuerda cuando, en el monte Citerón, él con doble rebaño y yo con uno,
convivimos durante tres períodos enteros de seis meses, desde la primavera
hasta Arturo. Ya en el invierno yo llevaba mis rebaños a los establos, y él, a
los apriscos de Layo. ¿Cuento lo que ha sucedido o no?
SERVIDOR.- Dices la verdad, pero ha pasado un largo tiempo.
MENSAJERO.- ¡Ea! Dime, ahora, ¿recuerdas que entonces me diste
un niño para que yo lo criara como un retoño mío?
SERVIDOR.- ¿Qué ocurre? ¿Por qué te informas de esta cuestión?
MENSAJERO.- Éste es, querido amigo, el que entonces era un niño.
SERVIDOR.- ¡Así te pierdas! ¿No callarás?
EDIPO.- ¡Ah! No lo reprendas, anciano, ya que son tus palabras,
más que las de éste, las que requieren un reprensor.
SERVIDOR.- ¿En qué he fallado, oh el mejor de los amos?
EDIPO.- No hablando del niño por el que éste pide información.
SERVIDOR.- Habla, y no sabe nada, sino que se esfuerza en vano.
EDIPO.- Tú no hablarás por tu gusto, y tendrás que hacerlo
llorando.
SERVIDOR.- ¡Por los dioses, no maltrates a un anciano como yo!
EDIPO.- ¿No le atará alguien las manos a la espalda cuanto
antes?
SERVIDOR.- ¡Desdichado! ¿Por qué? ¿De qué más deseas enterarte?
EDIPO.- ¿Le entregaste al niño por el que pregunta?
SERVIDOR.- Lo hice y ¡ojalá hubiera muerto ese día!
EDIPO.- Pero a esto llegarás, si no dices lo que corresponde.
SERVIDOR.- Me pierdo mucho más aún si hablo.
EDIPO.- Este hombre, según parece, se dispone a dar rodeos.
SERVIDOR.- No, yo no, pues ya he dicho que se lo entregué.
EDIPO.- ¿De dónde lo habías tomado? ¿Era de tu familia o de
algún otro?
SERVIDOR.- Mío no. Lo recibí de uno.
EDIPO.- ¿De cuál de estos ciudadanos y de qué casa?
SERVIDOR.- ¡No, por los dioses, no me preguntes más, mi señor!
EDIPO.- Estás muerto, si te lo tengo que preguntar de nuevo.
SERVIDOR.- Pues bien, era uno de los vástagos de la casa de
Layo.
EDIPO.- ¿Un esclavo, o uno que pertenecía a su linaje?
SERVIDOR.- ¡Ay de mí! Estoy ante lo verdaderamente terrible de
decir.
EDIPO.- Y yo de escuchar; pero, sin embargo, hay que oírlo.
Servidor.- Era tenido por hijo de aquél. Pero la que está
dentro, tu mujer, es la que mejor podría decir cómo fue.
EDIPO.- ¿Ella te lo entregó?
SERVIDOR.- Sí, en efecto, señor.
EDIPO.- ¿Con qué fin?
SERVIDOR.- Para que lo matara.
EDIPO.- ¿Habiéndolo engendrado ella, desdichada?
SERVIDOR.- Por temor a funestos oráculos.
EDIPO.- ¿A cuáles?
SERVIDOR – Se decía que él mataría a sus padres.
EDIPO.- Y ¿cómo, en ese caso, tú lo entregaste a este anciano?
SERVIDOR.- Por compasión, oh señor, pensando que se lo llevaría
a otra tierra de donde él era. Y éste lo salvó para los peores males. Pues si
eres tú, en verdad, quien él asegura, sábete que has nacido con funesto
destino.
EDIPO.- ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh luz del día,
que te vea ahora por última vez! ¡Yo que he resultado nacido de los que no
debía, teniendo relaciones con los que no podía y habiendo dado muerte a
quienes no tenía que hacerlo!
(Entra en palacio.)
Estásima cuarta(Quinto canto coral) Suprimido
Episodio
Quinto (Sale un mensajero del palacio.)
MENSAJERO.- ¡Oh ustedes, honrados siempre, en grado sumo, en
esta tierra! ¡Qué sucesos van a escuchar, qué cosas contemplarán y en cuánto
aumentará la aflicción de ustedes, si es que aún, con fidelidad, se preocupan
por la casa de los Labdácidas! Creo que ni el Istro ni el Fasis podrían lavar,
para su purificación, cuanto oculta este techo y los infortunios que,
enseguida, se mostrarán a la luz, queridos y no involuntarios. Y, de las
amarguras, son especialmente penosas las que se demuestran buscadas
voluntariamente.
CORIFEO.- Los hechos que conocíamos son ya muy lamentables.
Además de aquéllos, ¿qué anuncias?
MENSAJERO.- Las palabras más rápidas de decir y de entender: ha
muerto la divina Yocasta.
CORIFEO.- ¡Oh desventurada! ¿Por qué causa?
MENSAJERO.- Ella, por sí misma. De lo ocurrido falta lo más
doloroso, al no ser posible su contemplación. Pero, sin embargo, en tanto yo
pueda recordarlo te enterarás de los padecimientos de aquella infortunada.
Cuando, dejándose llevar por la pasión atravesó el vestíbulo, se lanzó
derechamente hacia la cámara nupcial mesándose los cabellos con ambas manos.
Una vez que entró, echando por dentro los cerrojos de las puertas, llama a
Layo, muerto ya desde hace tiempo, y le recuerda su antigua simiente, por cuyas
manos él mismo iba a morir y a dejar a su madre como funesto medio de
procreación para sus hijos. Deploraba el lecho donde, desdichada, había
engendrado una doble descendencia: un esposo de un esposo y unos hijos de
hijos.
Y, después de esto, ya no sé cómo murió; pues Edipo, dando
gritos, se precipitó y, por él, no nos fue posible contemplar hasta el final el
infortunio de aquélla; más bien dirigíamos la mirada hacia él mientras daba
vueltas.
En efecto, iba y venía hasta nosotros pidiéndonos que le
proporcionásemos una espada y que dónde se encontraba la esposa que no era
esposa, seno materno en dos ocasiones, para él y para sus hijos.
Algún dios se lo mostró, a él que estaba fuera de sí, pues no
fue ninguno de los hombres que estábamos cerca. Y gritando de horrible modo,
como si alguien lo guiara, se lanzó contra las puertas dobles y, combándolas,
abate desde los puntos de apoyo los cerrojos y se precipita en la habitación en
la que contemplamos a la mujer colgada, suspendida del cuello por retorcidos
lazos. Cuando él la ve, el infeliz, lanzando un espantoso alarido, afloja el
nudo corredizo que la sostenía. Una vez que estuvo tendida, la infortunada, en
tierra, fue terrible de ver lo que siguió: arrancó los dorados broches de su
vestido con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó con ellos las cuencas
de los ojos, al tiempo que decía cosas como éstas: que no lo verían a él, ni
los males que había padecido, ni los horrores que había cometido, sino que
estarían en la oscuridad el resto del tiempo para no ver a los que no debía y
no conocer a los que deseaba.
Haciendo tales imprecaciones una y otra vez -que no una
sola-, se iba golpeando los ojos con los broches. Las pupilas ensangrentadas
teñían las mejillas y no destilaban gotas chorreantes de sangre, sino que todo
se mojaba con una negra lluvia y granizada de sangre.
Esto estalló por culpa de los dos, no de uno sólo, pero las
desgracias están mezcladas para el hombre y la mujer. Su legendaria felicidad
anterior era entonces una felicidad en el verdadero sentido; pero ahora, en el
momento presente, es llanto, infortunio, muerte, ignominia y, de todos los
pesares que tienen nombre, ninguno falta.
CORIFEO.- ¿Y ahora se encuentra el desdichado en alguna tregua
de su mal?
MENSAJERO.- Está gritando que se descorran los cerrojos y que muestren
a todos los Cadmeos al homicida, al que de su madre… profiriendo expresiones
impías, impronunciables para mí, como si se fuera a desterrar él mismo de esta
tierra y a no permanecer más en el palacio, estando como está sujeto a la
maldición que lanzó. Lo cierto es que requiere un soporte y un guía, pues la
desgracia es mayor de lo que se puede tolerar. Te lo mostrará también a ti,
pues se abren los cerrojos de las puertas. Pronto podrás ver un espectáculo
tal, como para mover a compasión, incluso, al que lo odiara.
(Se abren las puertas del palacio y aparece Edipo con la cara
ensangrentada, andando a tientas.)
CORO.
¡Oh sufrimiento terrible de contemplar para los hombres! ¡Oh el
más espantoso de todos cuantos yo me he encontrado! ¿Qué locura te ha acometido,
oh infeliz? ¿Qué deidad es la que ha saltado, con salto mayor que los más
largos, sobre su desgraciado destino? ¡Ay, ay, desdichado! Pero ni contemplarte
puedo, a pesar de que quisiera hacerte muchas preguntas, enterarme de muchas
cosas y observarte mucho tiempo. ¡Tal horror me inspiras!
EDIPO.- ¡Ah, ah, desgraciado de mí! ¿A qué tierra seré
arrastrado, infeliz? ¿Adónde se me irá volando, en un arrebato, mi voz? ¡Ay,
destino! ¡Adónde te has marchado?
CORIFEO.- A un desastre terrible que ni puede escucharse ni
contemplarse.
ESTROFA 1ª
EDIPO.- ¡Oh nube de mi oscuridad, que me aíslas, sobrevenida de
indecible manera, inflexible e irremediable! ¡Ay, ay de mí de nuevo! ¡Cómo me
penetran, al mismo tiempo, los pinchazos de estos aguijones y el recuerdo de mis
males!
CORIFEO.- No tiene nada de extraño que en estos sufrimientos te
lamentes y soportes males dobles.
ANTÍSTROFA 1ª
EDIPO.- ¡Oh amigo!, tú eres aún mi fiel servidor, pues todavía
te encargas de cuidarme en mi ceguera. ¡Uy, uy!, No me pasas inadvertido, sino
que, aunque estoy en tinieblas, reconozco, sin embargo, tu voz.
CORIFEO.- ¡Ah, tú que has cometido acciones horribles! ¿Cómo te
atreviste a extinguir así tu vista?, ¿qué dios te impulsó?
ESTROFA 2ª
EDIPO.- Apolo era, Apolo, amigos, quien cumplió en mí estos
tremendos, sí, tremendos, infortunios míos. Pero nadie los hirió con su mano
sino yo, desventurado. Pues ¿qué me quedaba por ver a mí, a quien, aunque
viera, nada me sería agradable de contemplar?
CORO.- Eso es exactamente como dices.
EDIPO.- ¿Qué es, pues, para mí digno de ver o de amar, o qué
saludo es posible ya oír con agrado, amigos? Sáquenme fuera del país cuanto
antes, saquen, oh amigos, al que es funesto en gran medida, al maldito sobre
todas las cosas, al más odiado de los mortales incluso para los dioses.
CORIFEO.- ¡Desdichado por tu clarividencia, así como por tus
sufrimientos! ¡Cómo hubiera deseado no haberte conocido nunca!
ANTÍSTROFA 2ª
EDIPO.- ¡Así perezca aquel, sea el que sea, que me tomó en los
pastos, desatando los crueles grilletes de mis pies, me liberó de la muerte y
me salvó, porque no hizo nada de agradecer! Si hubiera muerto entonces, no
habría dado lugar a semejante penalidad para mí y los míos.
CORO.- Incluso para mí hubiera sido mejor.
EDIPO.- No hubiera llegado a ser asesino de mi padre, ni me
habrían llamado los mortales esposo de la que nací. Ahora, en cambio, estoy
desasistido de los dioses, soy hijo de impuros, tengo hijos comunes con aquella
de la que yo mismo -¡desdichado!- nací. Y si hay un mal aún mayor que el mal,
ése alcanzó a Edipo.
CORIFEO.- No veo el modo de decir que hayas tomado una buena
decisión. Sería preferible que ya no existieras a vivir ciego.
EDIPO.- No intentes decirme que esto no está así hecho de la
mejor manera, ni me hagas ya recomendaciones. No sé con qué ojos, si tuviera
vista, hubiera podido mirar a mi padre al llegar al Hades, ni tampoco a mi
desventurada madre, porque para con ambos he cometido acciones que merecen algo
peor que la horca. Pero, además, ¿acaso hubiera sido deseable para mí contemplar
el espectáculo que me ofrecen mis hijos, nacidos como nacieron? No por cierto,
al menos con mis ojos.
Ni la ciudad, ni el recinto amurallado, ni las sagradas imágenes
de los dioses, de las que yo, desdichado -que fui quien vivió con más gloria en
Tebas-, me privé a mí mismo cuando, en persona, proclamé que todos rechazaran
al impío, al que por obra de los dioses resultó impuro y del linaje de Layo.
Habiéndose mostrado que yo era semejante mancilla, ¿iba yo a mirar a éstos con
ojos francos? De ningún modo. Por el contrario, si hubiera un medio de cerrar
la fuente de audición de mis oídos, no hubiera vacilado en obstruir mi
infortunado cuerpo para estar ciego y sordo. Que el pensamiento quede apartado
de las desgracias es grato.
¡Ah, Citerón! ¿Por qué me acogiste? ¿Por qué no me diste muerte
tan pronto como me recibiste, para que nunca hubiera mostrado a los hombres de
dónde había nacido? ¡Oh Pólibo y Corinto y antigua casa paterna -sólo de
nombre-, cómo me criaron con apariencia de belleza, pero corrompido de males
por dentro! Ahora soy considerado un infame y nacido de infames.
¡Oh tres caminos y oculta cañada, encinar y desfiladero en la
encrucijada, que bebieron, por obra de mis manos, la sangre de mi padre que es
la mía! ¿Se acuerdan aún de mí? ¡Qué clase de acciones cometí ante la presencia
de ustedes y, después, viniendo aquí, cuáles cometí de nuevo! ¡Oh matrimonio,
matrimonio, me engendraste y, habiendo engendrado otra vez, hiciste brotar la
misma simiente y diste a conocer a padres, hermanos, hijos, sangre de la misma
familia, esposas, mujeres y madres y todos los hechos más abominables que
suceden entre los hombres! Pero no se puede hablar de lo que no es noble hacer.
Ocúltenme sin tardanza, ¡por los dioses!, en algún lugar fuera del país o mátenme
o arrójenme al mar, donde nunca más me puedan ver. Vengan, dígnense tocar a
este hombre desgraciado. Obedézcanme, no tengan miedo, ya que mis males ningún
mortal, sino yo, puede arrostrarlos.
CORIFEO.- A propósito de lo que pides, aquí se presenta Creonte
para tomar iniciativas o decisiones, ya que se ha quedado como único custodio
del país en tu lugar.
EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿Qué palabras le voy a dirigir? ¿Qué garantía
justa de confianza podrá aparecer en mí? Pues de mi enfrentamiento anterior con
él, en todo me descubro culpable.
(Entra Creonte.)
CREONTE.- No he venido a burlarme, Edipo, ni a echarte en cara
ninguno de los ultrajes de antes. (Dirigiéndose al Coro.) Pero si no sienten
respeto ya por la descendencia de los mortales, siéntanlo, al menos, por el
resplandor del soberano Helios que todo lo nutre y no muestren así descubierta
una mancilla tal, que ni la tierra ni la sagrada lluvia ni la luz acogerán.
Antes bien, tan pronto como sea posible, métanlo en casa; porque lo más piadoso
es que las deshonras familiares sólo las vean y escuchen los que forman la
familia.
EDIPO.- ¡Por los dioses!, ya que me has liberado de mi
presentimiento al haber llegado con el mejor ánimo junto a mí, que soy el peor
de los hombres, óyeme, pues a ti te interesa, que no a mí, lo que voy a decir.
CREONTE.- ¿Y qué necesitas obtener para suplicármelo así?
EDIPO.- Arrójame enseguida de esta tierra, donde no pueda ser
abordado por ninguno de los mortales.
CREONTE.- Hubiera hecho esto, sábelo bien, si no deseara, lo
primero de todo, aprender del dios qué hay que hacer.
EDIPO.- Pero la respuesta de aquél quedó bien evidente: que yo
perezca, el parricida, el impío.
CREONTE.- De este modo fue dicho; pero, sin embargo, en la
necesidad en que nos encontramos es más conveniente saber qué debemos hacer.
EDIPO.- ¿Es que van a pedir información sobre un hombre tan
miserable?
CREONTE.- Sí, y tú ahora sí que puedes creer en la divinidad.
EDIPO.- En ti también confío y te hago una petición: dispón tú,
personalmente, el enterramiento que gustes de la que está en casa. Pues, con
rectitud, cumplirás con los tuyos. En cuanto a mí, que esta ciudad paterna no
consienta en tenerme como habitante mientras esté con vida, antes bien, déjame
morar en los montes, en ese Citerón que es llamado mío, el que mi padre y mi
madre, en vida, dispusieron que fuera legítima sepultura para mí, para que
muera por obra de aquellos que tenían que haberme matado.
No obstante, sé tan sólo una cosa, que ni la enfermedad ni
ninguna otra causa me destruirán. Porque no me hubiera salvado entonces de
morir, a no ser para esta horrible desgracia. Pero que mi destino siga su
curso, vaya donde vaya. Por mis hijos varones no te preocupes, Creonte, pues
hombres son, de modo que, donde fuera que estén, no tendrán nunca falta de recursos.
Pero a mis pobres y desgraciadas hijas, para las que nunca fue dispuesta mi
mesa aparte de mí, sino que de cuanto yo gustaba, de todo ello participaban
siempre, a éstas cuídamelas. Y, sobre todo, permíteme tocarlas con mis manos y
deplorar mis desgracias. ¡Ea, oh Señor! ¡Ea, oh noble en tu linaje! Si las
tocara con las manos, me parecería tenerlas a ellas como cuando veía. ¿Qué
digo? (Hace ademán de escuchar.) ¿No estoy oyendo llorar a mis dos queridas
hijas? ¿No será que Creonte por compasión ha hecho venir lo que me es más
querido, mis dos hijas? ¿Tengo razón?
(Entran Antígona e Ismene conducidas por un siervo.)
CREONTE.- La tienes. Yo soy quien lo ha ordenado, porque imaginé
la satisfacción que ahora sientes, que desde hace rato te obsesionaba.
EDIPO.- ¡Ojalá seas feliz y que, por esta acción, consigas una
divinidad que te proteja mejor que a mí! ¡Oh hijas! ¿Dónde están? Vengan aquí,
acérquense a estas fraternas manos mías que les han proporcionado ver de esta
manera los ojos, antes luminosos, del padre que las engendró. Este padre, que
se mostró como tal para ustedes sin conocer ni saber dónde había sido
engendrado él mismo.
Lloro por ustedes dos -pues no puedo mirarlas-, cuando pienso
qué amarga vida les queda y cómo será preciso que pasen sus vidas ante los
hombres. ¿A qué reuniones de ciudadanos llegarán, a qué fiestas, de donde no
vuelvan a casa bañadas en lágrimas, en lugar de gozar del festejo? Y cuando
lleguen a la edad de las bodas, ¿quién será, quién, oh hijas, el que se
expondrá a aceptar semejante oprobio, que resultará una ruina para ustedes dos
como, igualmente, lo fue para mis padres? ¿Cuál de los crímenes está ausente?
El padre de ustedes mató a su padre, fecundó a la madre en la que él mismo
había sido engendrado y las tuvo a ustedes de la misma de la que él había
nacido. Tales reproches soportarán. Según eso, ¿quién querrá desposarlas? No
habrá nadie, oh hijas, sino que seguramente será preciso que se consuman
estériles y sin bodas.
¡Oh hijo de Meneceo!, ya que sólo tú has quedado como padre para
éstas -pues nosotros, que las engendramos, hemos sucumbido los dos-, no dejes
que las que son de tu familia vaguen mendicantes sin esposos, no las iguales
con mis desgracias. Antes bien, apiádate de ellas viéndolas a su edad así,
privadas de todo excepto en lo que a ti se refiere. Prométemelo, ¡oh noble
amigo!, tocándome con tu mano. Y a ustedes, ¡oh hijas!, si ya tuvieran
capacidad de reflexión, les daría muchos consejos. Ahora, supliquen conmigo
para que, donde les toque en suerte vivir, tengan una vida más feliz que la del
padre que les dio el ser.
CREONTE.- Basta ya de gemir. Entra en palacio.
EDIPO.- Te obedeceré, aunque no me es agradable.
CREONTE.- Todo está bien en su momento oportuno.
EDIPO.- ¿Sabes bajo qué condiciones me iré?
CREONTE.- Me lo dirás y, al oírlas, me enteraré.
EDIPO.- Que me envíes desterrado del país.
CREONTE.- Me pides un don que incumbe a la divinidad.
EDIPO.- Pero yo he llegado a ser muy odiado por los dioses.
CREONTE.- Pronto, en tal caso, lo alcanzarás.
EDIPO.- ¿Lo aseguras?
CREONTE.- Lo que no pienso, no suelo decirlo en vano.
EDIPO.- Sácame ahora ya de aquí.
CREONTE.- Márchate y suelta a tus hijas.
EDIPO.- En modo alguno me las arrebates.
CREONTE.- No quieras vencer en todo, cuando, incluso aquello en
lo que triunfaste, no te ha aprovechado en la vida.
(Entran todos en palacio.)
CORIFEO.- ¡Oh habitantes de mi patria, Tebas, miren: he aquí a
Edipo, el que solucionó los famosos enigmas y fue hombre poderosísimo; aquel al
que los ciudadanos miraban con envidia por su destino! ¡En qué cúmulo de
terribles desgracias ha venido a parar! De modo que ningún mortal puede
considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue
al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso.
FIN
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